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La tristeza me hizo despertar. Aún eran las horas de la madrugada pero la tristeza desveló mi  sueño. Como una congoja que  poco a poco  se  iba apoderando de mí, la pena  arrancó mi sueño del mundo de los sueños para vivir, ya despierto, el desasosiego de las imágenes por las que viajé en la noche. Los sueños son  lugares sin tiempo donde, sin lógica aparente, se cruzan y entrecruzan caminos que creemos recorrer sin torpeza durante el día. Hay un momento, extremadamente lúcido, donde la vigilia todavía no se ha separado de la traviesa lógica del sueño, donde podemos  mirar a través de los agujeros de las imágenes del sueño nuestro mundo racional. Son momentos donde   las imágenes del sueño caen sobre nuestra lógica del día abriendo nuestra alma al conocimiento de lo que no está sometido a la lógica del antes y después. En los intersticios de estos dos mundos la mente, sorprendida en un juego que olvida cada día, quiere comprender, pero el alegre pulular de las imágenes bloquea la lógica a todo entendimiento.

Es verano y la imagen de nuestro imaginario colectivo es el viaje. Revivimos  en este imaginario las grandes aventuras que ensancharon, desde la antigüedad, nuestro mundo. Pero ahora, que tenemos pedazos de mundo en todo el mundo, que desconfiamos de toda experiencia que no sea propia, y que no nos vale con rememorar los viajes heroicos de otros, hemos tenido que interiorizar la experiencia del viaje para imitar, con la penuria de nuestro tiempo, los grandes viajes épicos de los que se nutría el imaginario colectivo. Las agencias de viajes viven del deseo de la experiencia de descubrir nuevos mundos y del miedo que tenemos a esa experiencia.  Prometen lo extraordinario pero con la seguridad de lo ordinario. Las agencias cuidan con un sorprendente mimo  que nuestras experiencias sean tan nuevas como seguras. Pero del  deseo de lo nuevo y del miedo a la inseguridad nace la idea de que nuestros viajes sean interiores. Salimos sólo para vernos en otros sitios y esperamos con ello revivir la experiencia de lo que sintieron los viajeros de la antigüedad o los peregrinos del medievo o, para tener  la experiencia moderna de sentir que nos encontrarnos a  nosotros mismos.

Pero yo he viajado antes de viajar. He recorrido en el mundo de los sueños una travesía  ocultada oportunamente  en los escaparates  que reclaman tras un cristal la experiencia de nuestros viajeros. En  mi sueño un niño harapiento hacía de cicerone llevándome al infierno de la pobreza. Me acompañaba en un coche que yo no conducía y subíamos y subíamos por la ladera de una montaña al corazón de un suburbio. En la imagen subíamos para ver desde arriba el pozo de la miseria. Y un pozo, apenas sin agua, un cubo y una rota cuerda es todo lo que puede ver cuando bajamos del coche. Se acercaron los otros, los que no tienen rostro, nos rodearon y sin violencia, como en un ancestral baile, no cesaron de  pedir. Recuerdo que un cubo de agua valía una moneda. (En la miseria, contrariamente a lo que se piensa, hasta las cosas más gratuitas para nosotros tienen su precio porque cualquier cosa tiene valor.) Seguramente, como vio Dante, en ese otro intersticio entre el Medievo y la Edad Moderna, los anillos de ese pozo estaban construidos con los círculos que forman el inferno. Mi niño harapiento se perdió entre los sin-rostro -la propiedad individualiza, la pobreza convierte a uno en cualquiera- descubriéndome solo, sin guía,  en medio  de la presencia de un mundo que desconocía. Pero no tuve miedo sino una  tristeza infinita.   Todo a mi alrededor estaba confundido entre imágenes  y presencias que iban y volvían y en medio del sueño pensé que todo el desorden tiene un orden que yo no entendía, y la confusión hizo desesperarme. El coche donde vine, como otra imagen, se perdió sin su conductor en medio de la noche. Y solo me quedé, al abrigo de la oscuridad, protegiendo  mi mirada del horizonte de miseria que se levantaba delante de mis ojos. Es entonces cuando,  ciego a lo que pasaba a mi alrededor, me desperté.

En ese intersticio entre el sueño y la vigilia las imágenes de mi travesía a los inframundos me llevaron a otros viajes: he estado en las villamiserias  de la Córdoba argentina, estuve perdido  a la entrada de esa ciudad nueva que se levantaba día a día y noche a noche en medio del caos en el Alto de Bolivia. Son imágenes de cuando viajé sin la seguridad que las agencias dan a nuestra experiencia y son las imágenes que, dormidas,  viven en mí de la miseria. Hegel en su Filosofía del derecho, contemplando el desarrollo de sociedad civil moderna, dejó dicho que el problema  que atormenta a las  sociedades modernas es la pobreza.  Seguramente  ahora, en esas horas de la madrugada, cuando todo está listo para emprender con mi familia un viaje, aquellas imágenes han despertado en mis sueños para recordarme que no debo entregarme excesivamente a la creencia de ese  islote de mundo fabricado  que nos prometen como destinos turísticos.