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El viento frío de la tarde serpenteaba en los cristales de la cafetería. En una mesa me afanaba en desentrañar una oscura página de las más oscuras que ha dado la filosofía. Leer, todos lo sabemos, es, a veces, un no leer y sucede que, en algunas ocasiones, las palabras que se han leído se llenan, entre tanto, de significados que no les corresponden. En una cafetería, como en aquella, las mías, cansadas de tanta obstinación y retorcimientos, siguieron alegremente los murmullos y sabores que, causalmente, encontraron por aquí y por allí, y así, despreocupadas, se pusieron a jugar. Y mientras se ocupaban de los néctares que se derramaban en la cafetería, yo fui a entretenerme con lo que sucedía en una mesa vecina. Si alguna vez sucede, como en este caso, que las palabras de tanto darles vueltas se quedan como vacías y se marchan, no hay que levantarse y seguir tras ellas sino, por el contrario, darles su tiempo para que visiten las esquinas de otros mundo y vuelvan, si lo desean, trayendo nuevas de lo que han encontrado. Pero en ese tiempo de espera, nosotros mismos, turbados por el vacío de vernos sin palabras, hemos de buscar al menos un entretenimiento. Y heme aquí que, tras ver como se me iban las palabras, fui en parar en aquellas otras que vivazmente se movían en una de las mesas vecinas.

Borges, lector del inmenso Leibniz, nos habló de mundos dentro de mundos que, a su vez, se derraman por otros mundos. Pocas intuiciones han sido tan fructíferas como esta para el desarrollo de la fenomenología. Y así, una cafetería, en un momento de tiempo, recibe muchos mundos, eso sí sin armonía, que, a su vez, están llenos de experiencias. Y allí estaba yo, sentado, sin palabras, y, con la boca seca, ocupándome de asuntos que no eran míos.   No niego lo que están pensando mis lectores: que soy un entrometido o, acaso, un cotilla. Es cierto, pero es que se me hace irresistible, cuando me quedo sin palabras, la conversión–el término es importante en fenomenología– momentánea de mi mundo vacío en otros mundos. Así es como puede uno capacitarse en el arte y la ciencia de descubrir, no sin trabajo de la propia conciencia, estructuras o ideas que dan coherencia al pulular de los detalles que, como mariposas en primavera, bailan inconexos. Un fenomenólogo se podría definir como alguien que se asoma para ver otros mundos con la intención de enterarse de lo que pasa en ellos.

En fin, mi oído y mi mirada, fiel uno al otro, aunque muchas veces riñan como niños disputándose el primer puesto en el ejercicio del entendimiento de las cosas, dieron, abruptamente, con los siguientes personajes y la siguiente escena: tres hombres y tres tipos atendían sus negocios. No era difícil advertir, después de una primera visita al acomodo de aquella mesa, que uno era empresario y los otros dos pertenecientes a un organismo público, por ejemplo, un ayuntamiento. Uno de ellos, un tanto alejado de la conversación de los otros dos, miraba a través de los cristales, teléfono en mano, perdiéndose entre la bruma del anochecer. Su sonrisa mostraba que o bien le importaba un comino –me encanta esta expresión­ que parece remontarnos a la época donde el trueque aún tenía su importancia en el comercio– lo que los otros tenían entre manos, o bien había dejado a su compañero, más competente, para que atendiera el asunto mismo del negocio. Moviendo el dedo pulgar hacia arriba y hacia abajo, a derecha e izquierda, sobre su teléfono estaba indicaba que intentaba ahuyentar las palabras de la mesa y relajarse con las perfumadas entrañas que emergían del calor de la cafetería. ¡Qué extraño resultaría para los antiguos, por cierto, que a través de una pantalla, por otra parte tan diminuta, apareciera la totalidad del mundo! ¡Que extraño también les resultaría que este mundo pudiera moverse sólo con el roce de un dedo levántolo suavemente como si de un director de orquesta se tratase! “Dadme un dedo –parecía decir este hombre, ejemplo de un tipo­– que moveré el mundo”. En ese momento, otro tipo, otro hombre-tipo, con chaqueta y corbata a las finas hierbas –llamó así a la corbata que da un gusto levemente diferente al color opaco de un traje– mantenía una compostura de aparente enfrentamiento con el tercero. Su parte de la mesa sólo estaba ocupada por los restos de lo que tuvo que ser un buen gin-tonic. (Me imagino ese Hendricks que aún no he probado y que quiero probar, porque la verdad es que los gin-tonics  de ahora recuerdan el horizonte de los días nublados cuando se mira la mar).

La escena de hombres de negocios haciendo su trabajo entre copas son sólo un remedo, acaso una impostura, de aquella escena en la que Sócrates habló del gran Asunto de la vida en medio de un banquete. Es en la borrachera de las relaciones, que relajan el rigor de la vida, donde se entra más directamente en sus asuntos y donde se sellan sin peso los acuerdos. De vez en cuando el tipo del que hablamos apretaba con un pequeño abrazo el vaso y, de esta manera, el frío del hielo suavizaba los nervios de sus manos. Su mirada no era altiva, pero, mantenía sus ojos abiertos defendiéndose de las embestidas del tercero. Y, sin embargo, bajo esa dialéctica de palabras y contrapalabras, reinaba una cierta complicidad.  Un buen hombre de negocios es aquel que sabe que su valía está en el campo de batalla y que, mostrar, por tanto, un repentino acercamiento o un total desinterés es perder su condición de negociante. No despreciar al adversario hasta superarlo, pero tampoco permitir que sus palabras allanen las nuestras dejándolas sin relieve, tal parece ser la guisa del que debe estar hecho todo hombre de negocios. Alguna vez miraba, requiriendo  su presencia, al tipo que jugaba a mover el mundo con el teléfono,  pero éste, que ya no estaba, con una intervención  extemporánea dejó sentado que le importaba tres rábanos –los rábanos  tenían tanto valor como el comino–el tema.  Hablar sin hablar, sin introducir diferencias, es, en el fondo, un pedir permiso para asuntarse del esfuerzo del pensamiento y la decisión. Ese reclamo a la participación fue sólo una petición para apoyar, aunque fuese con un simple gesto, las propias palabras de su compañero para que, estas, desvalidas, no fueran arrastradas por la fuerza de los razonamientos. Sea como fuese, lo cierto es que, de un modo progresivo, apenas perceptible, su aliento negociador se fue acabando y en la mesa tomó inesperadamente protagonismo al que hemos llamado, no sin una certera referencia a los argumentos que nos vienen desde antiguo, el tercer hombre.

Este, en el momento en el que la negocación parecía extenderse al infinito, abrió su cartera y llenó, entre las copas, la mesa de papeles. Este giro inesperado en la negociación fue un golpe maestro: “Dejad que las leyes –quiso decir– sean los verdaderos argumentos de esta negociación”. Bojas y Boes, de esta manera, ocuparon la mesa y estas, allí expuestas, reclamaron entonces la mirada destraída del político vestidas de fluorescentes colores. Las leyes subrayadas serían las que, ocasionalmente, como peldaños, harían progresar la negociación. El empresario era, frente a los otros dos, el estudiante de las leyes. Me gusta la añeja expresión “estudiar leyes”, pues el que estudia leyes, de alguna manera, lo estudia todo: estudia la composición entera  del mundo, pues leyes son las de la naturaleza y leyes, las del espíritu. Así la empresa del mundo se resuelve en el conocimiento de las leyes y esperamos que el mundo de la empresa, a su vez, se mantenga en el orden de las leyes. Pero hay que hacer notar que las leyes de las empresas o de las instituciones humanas, en su diferencia con las leyes del mundo natural, no debieran ponerse completamente al margen de la ley moral, la cual más que afirmar cómo es el mundo o como está constituído nos dice cómo no debemos hacerlo.  Es así como queda a salvo la libertad y la creatividad del hombre para hacer sus mundos. Pero, tratándose de los negocios, entre copas y chaquetas desabrochadas, es como si se dispusiera de un permiso especial de vacaciones para que esas leyes abandonaran su trabajo de realizar el bien moral.  Me llamó la atención sobremanera que el tercer tipo introdujera, de este modo, a su interlocutor en el asunto del negocio: si las leyes no te prohíben algo, entonces puedes hacerlo. Esta preparación de las leyes, cuidadosamente subrayada y descontextualizada, hizo suspender toda palabra que hasta ese momento se había dicho: “ Si, por ejemplo, la ley de costas no te prohíbe…. entonces tu puedes construir…”;  “ Si la ley para la contratación de empresas de los servicios municipales no te prohíbe…. entonces tu puedes comprar, contratar….”, etcétera.

En ese momento mi espíritu, siempre preocupado por reducir la complejidad de las cosas, antes de dispersarse entre tantos asuntos legislados y, al mismo tiempo, no legislados, indicó con un gesto un tanto pueril a mis palabras el camino para que regresaran. Pero ellas, con el ji-ji y ja-ja de sus juegos, y con el placer que, seguramente, sentían alejándose de mí, volvieron a perderse dejándome, como se dice, en la estacada. Resignado volví entonces a mi mesa vecina, reconociendo estoicamente que hay veces en las que uno no puede con sus propias palabras. Así que seguí, pese a ser de mal gusto, entretenido con las idas y venidas de aquella mesa de negociaciones en la que, casualmente, me senté en una tarde fría de un frío invierno en alguna cafetería de Granada. Queda pendiente para otra entrada de qué asunto se estaba hablando y cómo dicho asunto pudo derivar hacia un caso de corrupción. Digo bien “pudo”, en esta perífrasis verbal, porque, como veremos, ningún dato tenemos para probar que, efectivamente, en aquellos indicios, en aquellos gestos o en aquellas palabras había un hecho, o mejor dicho, un cohecho de corrupción. El prefijo, como también veremos, es necesario para describir la corrupción. Pero dejemos esto que se nos ha precitado de pronto en nuestra entrada para una próxima ocasión. Siento mucho que mis lectores se queden, como sin palabras, al no poder ahora conocer el contenido de aquella exacto de aquella conversación. Pero así es el aprendizaje de la fenomenología: pocas veces llega el fenómeno a su plenitud cuando nosotros queremos, bien por desearlo, bien por necesitarlo. Por cierto, si alguien encuentra mis palabras perdidas en sus juegos, ¿sería tan amable de decirles que aún las estoy esperando?