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Fue el otro día cuando una alumna de 3º de la ESO dijo en clase: “La lectura es lo peor del mundo”. Y otra compañera que estaba detrás  de ella dijo: “A mí leer no me gusta nada”. Como es de esperar, otros alumnos hicieron sus propias declaraciones en este sentido. Es muy difícil hacer ver a los alumnos que eso de la lectura también se dice de muchas maneras y que unos libros te pueden gustar y otros aburrir, que unos te pueden parecer interesantes y otros no; es difícil, digo, entrar  en estas consideraciones, porque lo que en ellas se afirma es la falta de sentido de la lectura misma.  A su modo, quienes sostienen algo así hacen gala de una tesis nihilista: lo que no tiene sentido no es leer un libro u otro,  hacer una lectura u otra, sino el hecho mismo del acto de leer. Y el problema está en que la base de todos nuestros aprendizajes está en la lectura y en el trabajo, digámoslo así en general, con las letras. Quienes damos clase observamos un rechazo a veces a realizar cualquier esfuerzo intelectual, ya se trate de una lectura, de un ejercicio de escritura, etc.  Y, por otra parte, fue también ese mismo día cuando, en la segunda parte de la hora de guardia con un grupo de 4º de la ESO, pude ver, incluso antes de  entrar, cómo el grupo había caído en un desacostumbrado silencio. No se escuchaba nada ni a nadie. Parece algo digno de elogio. Pero, bastó cruzar el dintel de la puerta para comprobar que sus móviles y auriculares eran los verdaderos artífices de esa paz mañanera. Lo que por fuera parecía silencio, zumbando estaba probablemente en sus oídos.

Si se unen ambas escenas se comprende una cosa: para muchos alumnos la lectura y el trabajo intelectual es una actividad que se está convirtiendo en extraña a ellos mismos. Son alumnos, decimos, pero sus hábitos de trabajo intelectual se han ido diluyendo en el espacio virtual en el que pasan la mayor parte de su tiempo. Y esto es verdaderamente un problema para los tiempos en los que nos ha tocado vivir. Sabemos que la educación a distancia no funciona bien y, en términos generales, sospecho que no va a funcionar. Y no lo va a hacer no tanto porque fallen los medios técnicos, ni porque las familias no dispongan de esos medios, cuanto porque el esfuerzo que se tiene que hacer para trabajar virtualmente en casa es demasiado grande para lo que pueden dar de sí muchos de nuestros alumnos. Los que estamos todos los días en clase, sabemos lo difícil que es que mantengan la atención e incluso que hagan tareas. En clase es difícil, pero es posible, entre otras cosas, por la obligación que impone el propio contexto comunicativo de la clase –que es tanto como decir por la insistencia del profesor–, pero, fuera de ese contexto, en sus casas, mantener la atención y trabajar con cierta autonomía se vuelve algo casi milagroso. Muchos de ellos, entre-tenidos en el mundo que se abre en sus móviles, participan en clase como el que escucha llover de fondo. Es difícil la situación por la que atravesamos, pero aún es más difícil trabajar cuando esa especie de apatía, de cansancio y de falta de sentido domina el espacio educativo. El largo tiempo en el que hemos estado en casa desde que comenzó la pandemia no ha ayudado mucho en este sentido. Si pudiera hacerse un estudio de campo de esos que tanto gustan hoy en la investigación educativa, creo que podríamos corroborar que en ese tiempo de encerramiento ha aumentado considerablemente entre los más jóvenes la adicción al uso del móvil, esto es, básicamente, la adicción al consumo compulsivo de videos y de videojuegos. Es difícil que esta adicción pueda verse superada por la tranquila satisfacción que procura el trabajo intelectual.

Pero con todo, tampoco esto es lo más relevante en nuestra crisis de la educación. No es solo una cuestión coyuntural que esté ligada a la pandemia, sino algo que hunde sus raíces en algo más profundo: la crisis de sentido en la que ha caído de facto el trabajo intelectual y, junto a él, la dificultad de ir adquiriendo en las sucesivas etapas educativas un cierto acervo cultural que hace posible dar sentido al trabajo diario. La cuestión  es que muchos de nuestros alumnos, viviendo en la inmediatez e intensidad de lo virtual, no han logrado mínimamente unirse a la historia cultural que da sentido al propio estudio. Pondré dos  ejemplos. Como los clásicos de nuestra literatura se caen de las manos y no se pueden leer, hace ya tiempo que optamos por adaptaciones no sólo para la ESO, sino también para el Bachillerato. (Mis propios libros de lectura de Bachillerato se han quedado tan viejos que hasta yo mismo me pregunto cómo era posible que los leyera). Pero la cuestión es que cada vez tendemos más a sustituir esos clásicos adaptados por literatura juvenil que pueda “enganchar” a los alumnos. Pero aquí no queda la cosa. Por ejemplo, uno comprueba las dificultades de comprensión de los alumnos de 3º de la ESO ante una conocida novela juvenil ambientada en la Edad Media, que me parece, por otra parte, ciertamente interesante y bien escrita. ¿Qué puede comprender un alumno de una novela como esta con una trama sencilla y con un uso de la lengua adaptado a los  alumnos?  Pues bien, la pueden leer, pero mucho de lo que podrían aprender de ella se queda en el tintero porque desconocen muchos aspectos culturales de la Edad Media que, por otra parte, ya han estudiado. Es preocupante ver, por ejemplo, que la mayor parte no sabe lo que es una orden religiosa, ni lo que es el cristianismo o el judaísmo. La palabra «herejía», en su contexto, es algo que nunca se ha escuchado, ni se sabe lo que es el Apocalipsis o la Biblia, ni como era la vida, pongo por caso, para nobles o monjes. El latín es como si no hubiera existido y la cultura clásica tampoco. (Por cierto, algunos de ellos recibieron con verdadero asombro el ver, con la colección de clásicos de Gredos puesta en la pizarra digital, que antes de la Edad Media también se escribían libros.)

No es cuestión de insistir en estas cosas que todos sabemos, pero he querido, de manera concreta, poner algunos ejemplos que muestran la crisis de la educación por la que estamos pasando que, desde mi punto de vista, es básicamente una crisis del sentido de la educación como verdadera formadora de personas a partir de un trabajo intelectual que tiene como objetivo asimilar una tradición cultural. Y creo que en los tiempos en que vivimos y los que vendrán, si no queremos que el desierto del nihilismo avance y sus tormentas de arena ahoguen a estas generaciones, sería más necesario que nunca enseñar el valor de este trabajo y la exigencia que lleva consigo todo proceso verdaderamente formativo. Este debería ser nuestro mensaje y esto debería ser también lo que a mí me gustaría escuchar de manos de quienes se dedican a la política educativa.

Sabemos que no es así. La nueva ley de educación, que está a punto de aprobarse, va en dirección opuesta y, dejando atrás muchos otros aspectos que me gustaría comentar, ha lanzado ya un mensaje a nuestros alumnos: en tiempos de extrema dificultad es mejor relajar las exigencias en la formación. Sea o no este el espíritu de la letra de la nueva ley, el mensaje ya está ahí. No serán los alumnos, ni siquiera muchos padres los que se opongan a “facilitar” los aprobados y las titulaciones –cualquiera prefiere lo fácil a lo difícil si se obtiene el mismo resultado finalmente–, pero creo que es una responsabilidad de una sociedad madura el que mantenga la exigencia de la educación para sus jóvenes porque es, en definitiva, en ellos donde está el propio futuro de esa sociedad y, sobre todo para la propia generación, porque es una cuestión de justicia para todos.

Sabemos también cómo en los pactos, preacuerdos y consensos entran en juego otras motivaciones que no pertenecen al campo de la educación.  En política, la educación se convierte de hecho en una de las monedas de cambio más cotizadas y este gobierno, que sabe de su valor, la ha puesto en el mercado político. Tiene prisa por aprobarla, tiene prisa porque salga adelante, sabiendo que muchas de esas propuestas están ya no sólo lejos de un pacto por la educación, sino también lejos del sentido de Estado que debería tener un gobierno. Pienso, por ejemplo, en la cuestión en la que queda el Castellano como lengua vehicular, pienso en la situación que sobreviene a las aulas de educación especial, pienso sobre todo en la eliminación de la ética como disciplina filosófica en el currículum  y pienso en la propuesta del gobierno para que los inspectores no sean elegidos mediante oposición.  Por otra parte, también requeriría una reflexión serena el papel que los centros sostenidos con fondos públicos tendrían que tener en la educación, más allá de afinidades y rechazos. (La propia Ministra podría intervenir, en este sentido, explicando los problemas y contrariedades que presenta el que  ella misma y sus hijas hayan estudiado en un colegio religioso católico –y creo que un tanto conservador– donde seguramente la disciplina y el trabajo son tenidos por un valor en el trasfondo de una educación religiosa.)

¿Por qué tanta prisa en estos tiempos de pandemia? ¿Por qué aprobar una ley por vía de urgencia que tiene tanto rechazo? ¿Por qué romper definitivamente el deseo de alcanzar un pacto educativo que valga para más de una legislatura?  Solo encuentro dos motivos: o bien hacer de la educación una moneda de cambio valiosa para otros fines políticos, como he dicho, o bien imponer, más allá de toda consideración razonable, una determinada ideología. En ninguno de los dos casos se actúa con responsabilidad. Pero, sinceramente, nada de esto me preocupa tanto como el ver de qué modo esta ley poco va a ayudar a hacer de la educación un trabajo exigente y poco va a ayudar al trabajo de los profesores en las aulas. Se trata, dice la Ministra, de un nuevo enfoque donde se van a reducir los contenidos, se va a evaluar teniendo en cuenta las competencias y se va incentivar el trabajo por proyectos. En conjunto, se flexibiliza aún mas, por decirlo de algún modo, la propia exigencia del trabajo personal. Más entretenimiento, más aspectos lúdicos, más trabajitos y menos trabajo de verdadera lectura y formación.

A los desafíos de los tiempos difíciles habría que responder con mensajes inequívocos sobre la importancia del trabajo y el sentido del deber. Nada, decía Kant, motiva tanto como el cumplimiento del deber. El cumplimiento del deber es lo que es verdaderamente exigente pero al mismo motivador y es este cumplimiento el que procura a la larga una cierta satisfacción. Pero no es necesario recurrir a Kant para darse cuenta de esto: todo el mundo sabe que las cosas que merecen la pena requieren esfuerzo y dedicación y que el fruto del trabajo, sobre todo el intelectual, se ve a muy largo plazo, un plazo que, políticos como estos, no quieren ver. Con la ley Celaá en la mano, creo que será más difícil trabajar cada día en clase para llevar a cumplimiento los fines de formación en la educación, aunque en principio será más fácil, eso sí, mejorar los datos o los indicadores objetivos: más títulos, menos repetidores, etc. Digo “en principio” porque, pasado un tiempo, la falta de exigencia tendrá que llevarnos posiblemente a rebajar los niveles de formación para mantener el mismo nivel del llamado “éxito educativo”.

Que, por otra parte, el gobierno quiera eliminar la formación ética de la secundaria cuadra perfectamente con lo que aquí hemos planteado.  No le ha importado romper consensos previos, ni parece tener en gran estima esa educación ética y cívica tan cara, en otro tiempo, a la propia tradición de izquierdas,  y no parece muy preocupado porque a los alumnos se les prive de una de las pocas materias en las que se trabajan directamente los aspectos de la formación personal y comunitaria. Es como si quisieran trasladar las bajas exigencias éticas del ámbito de la política a la propia educación. Como profesor simplemente pediría que no hicieran más difícil el ya difícil trabajo de la educación. Los malos tiempos deberían ser tiempos para la buena educación, esto es, para una educación donde la exigencia tendría que ser para todos la principal motivación.