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Entre los saberes propios pertenecientes a la razón práctica Kant no incluyó uno acerca de cómo tenemos que despedirnos de los lugares en los que hemos estado. De haberlo hecho, seguramente, lo habría incluido dentro de su concepto de filosofía mundana. Que un saber pertenezca a la filosofía mundana no le quita un ápice de rigor sino que, muy por el contrario, la filosofía así ententida lleva en sí la exigencia legisladora de la razón.  Sin embargo, no recuerdo entre las páginas  de las obras de Kant un tratamiento al problema de cómo tenemos que afrontar el abandono de los lugares en los que hemos vivido. Un saber de este tipo sería estimado hoy día más que cualquier otro, ya que el hombre de nuestro tiempo ha hecho de los vaivenes de la vida lo más propio de su mundo.

Con el coche lleno de recuerdos imaginaba ya de vuelta a mi pequeña Ítaca  que un saber de este tipo debería correr parejo al saber de cómo tenemos que presentarnos  en los lugares a los que vamos.  Se me ocurrió, entonces, que decir adiós es algo que no puede hacerse a menos que uno no disponga de la palabra oportuna para presentarse al lugar que va. Y esto me llevó a pensar en la relación de los términos “ausencia” y “presencia”. Según mi consideración, estos términos son correlativos: la comprensión de uno, necesariamente, corre y se adentra en el otro. En una primera aproximación esta co-relación se muestra en lo siguiente: si no adelgazamos nuestra presencia en los sitios que dejamos, reclamados por nuestro destino, tampoco  podemos coger peso en los sitios a los que llegamos. Desde que la palabra “régimen” pasó de la política a la dieta sabemos que aligerar el peso no es tarea fácil, pero, en nuestro caso, es mucho más difícil ganar peso en un lugar  cuando lo que fuimos se quedó allí donde ya no estamos. Pero, ¿es esto cierto? ¿Abandonamos, en realidad,  nuestra historia al albur de circunstancias en las que ya no estamos o, por el contrario, arrastramos, cuando dejamos un lugar, parte de lo que hemos sido y, sin pretenderlo, lo presentamos como credencial de lo que seremos? Me parece que no podemos sino hacer esto segundo, y ello porque  lo que vamos a ser  no puede proyectarse sino desde la experiencia en la que hemos sido forjamos en el pasado. Las expectativas de lo nuevo arrancan, sin duda alguna, de aquello que siendo nuestro parece que hemos abandonado.

Pero, hemos de tener sumo cuidado aquí, porque ni podemos quedarnos anclados en un mundo que ya no nos pertenece  ni podemos, levantada el ancla, precipitarnos en el proceloso movimiento de lo nuevo. Aprender a despedirse es aprender a cruzar el umbral del sitio que nos acoge. Pero, para ello, siguiendo con nuestra imagen, antes de levantar el ancla hemos de posar nuestra mira  en el fondo en el que vamos a dejarla caer.  Como fondos nuestros  que son uno y otro, posiblemente, no lleguemos a conocerlos, y cabe siempre la sospecha de que se trate de un mismo fondo, pero eso  no debe importarnos demasiado, porque, aunque sigamos con nuestra mirada  el ancla que cabecea buscando  el  fondo donde, por su propio peso, va a descansar,  pronto llegará ese momento donde la oscuridad frene  los rayos de luz que con tanto ímpetu buscaron una travesía en lo profundo. Sabemos, pese a todo,  que solamente  allí, donde ya no hay luz,  nuestra vida encontrará el sosiego de estar amarrada.

Pero desatar nuestros amarres y disponernos de nuevo a navegar -navegar llama mi madre al trajín de todos los días- es el trabajo de mudar nuestra presencia y, como todo trabajo, puede no tener el resultado querido, es decir,  podemos fracasar. Efectivamente, podemos perder la presencia de nuestro antiguo lugar sin ganar la realidad en el nuevo.  Esto  puede suceder por múltiples razones, entre las cuales encuentro las siguientes:  podemos preparar nuestra presentación volcando en ella una ilusión que luego, a la postre, se desvanezca, podemos, por el contrario, hacer acto de presencia de manera tan sigilosa que perdamos la oportunidad de colarnos en algún  hueco de los que, como nosotros, hayan abandonado el lugar al que llegamos, podemos proyectar precipitadamente sobre una realidad, que no conocemos ni nos conoce, nuestra perspectiva de las cosas y podemos, por el contrario,  abandonarnos a que los requerimientos de los demás vayan dando cuerpo a nuestra presencia. Todos estos extremos, entre los que tendría que fraguarse una fenomenología de la presentación, nos llevan a  fracasar en la tarea de  hacer nuestro mundo.

Cuando dejamos un lugar para estar en otro siempre nos preguntamos qué podemos llevarnos del viejo sitio  que pueda sernos útil en el nuevo. Sabemos  a priori que casi nada nos servirá excepto, quizás, la experiencia de dejar perder para ganar lo que tuvimos. Dejar allí,  sin violencia, lo vivido, sufrido y querido para que encuentre por sí mismo su justo lugar en nuestra memoria y nuestra historia es lo único que podemos hacer.  Y, del otro lado, dejado el ser-allí, a la suerte de la memoria, esforzarnos en dar una realidad nueva a nuestro destino, esto es, disponernos a estar-ahí, ser-ahí,  en las  exigencias de la realidad a la que vamos. Sabemos que nuestro lugar no será parecido ni siquiera diferente sino, sencillamente, otro al lugar que tuvimos, porque otros serán los que nos encontremos y otros seremos nosotros sin el lugar que antes tuvimos. Sin embargo, aventuro que un saber de este tipo no sólo debería describir los problemas de nuestra itinerante condición humana de lugares y mundos sino que también debería describir, correlativamente, sus ventajas, entre las cuales, para términar, sólo señalo la siguiente: el darnos unos y otros la oportunidad de comenzar de nuevo.