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“Una persona especial”. Este es el título de una redacción que han tenido que hacer mis alumnos de 3º de la ESO. En cada tema tienen la misma tarea: escribir, a la antigua usanza, una redacción de carácter personal. La preparan en casa, se leen algunas en clase y para la evaluación, ante un folio en blanco, tienen que dejarla por escrito con el único propósito de que yo luego las lea, y de paso, como el que está obligado a tasar una joya cuyo valor no le pertenece, ponerles una nota. Es extraño este mundo en el que nos movemos en educación, pues para mí quedan los contenidos de las redacciones y para el resto la mera forma en la que están escritas.  Las notas, cuando ya dejaron de pertenecer a las cosas y se quedaron como meras calificaciones, perdieron su capacidad para decir algo. Y, sin embargo, ahí ponemos el trabajo de nuestro análisis, las cifras del éxito escolar y el material para las funciones estadísticas. Tendrá que ser así –no lo pongo en cuestión–, pero los momentos en los que simplemente leo lo que escriben mis alumnos quedan, sin duda, como los mejores, aunque de ellos no haya registros ni se hagan informes.  

Recuerdo, por cierto, cuando en un día de lluvia –yo no tendría más de unos 9 o 10 años–, el maestro de mi pueblo nos puso a escribir una redacción. Ni recuerdo el título, ni recuerdo su contenido, pero sí que escribí muy poco. Pasé aquella hora frente a un papel en blanco viendo la lluvia a través de los cristales de la escuela escuchando cómo su tranquila caída venía marcaba por el paso firme de las gotas de agua que se desplomaban sobre un tejado cercano. Aquel acto de escritura, que se volvió silencio, es lo que me ha llevado luego a pensar que el ensayo de las palabras, esas extrañas combinaciones donde la vida queda a resguardo, podría ser para mis alumnos también un buen ejercicio de reflexión. Estoy convencido de que no enseñaremos a escribir bien a menos que nuestra tinta –valga ahora esta metáfora de la resistencia a la comodidad y a la velocidad de la escritura de nuestro tiempo– no se avenga bien con las grandes cuestiones sobre el sentir en el que descansa nuestra vida.  

Efectivamente, quedan para mí estas lecturas que son pura experiencia o, mejor dicho, experiencia depurada. A esta edad, ya han vivido los alumnos lo suficiente como para que la escritura ayude a tejer esa memoria con la que habrán de enfrentarse al mundo. Leo sus redacciones y me sorprende que, para la mayoría de ellos, las personas importantes son sus padres, sus abuelos, sus amigos o amigas, etc. Ahí están las personas que los han querido y que son memoria viva de sus días y ya de sus recuerdos. En las redacciones no hay gente conocida, tampoco esos que son líderes sociales, no aparecen las largas horas de juegos frente al televisor, ni las horas entregadas a los mensajes de las redes sociales. En las redacciones están los que gastaron su tiempo con ellos, los que los llevaron al colegio, los que les regañaban cuando no hacían bien las cosas, los que no se han rendido en la vida, los que cuentan con honestidad sus aciertos y fracasos, los que se han enfadado cuando han visto mentiras, y los que, pese a todo, no han perdido ni la entereza ni la sensibilidad. En la escritura, donde la vida se vuelve esencial, no hay referencia a los que sobornan su cariño con regalos, ni a los que buscaron estrategias para ganarse sus afectos, ni los que buscan dejar su huella con la admiración de los puestos alcanzados o del dinero conseguido. No. En el fondo de la escritura, donde la vida se conserva como memoria, suele aparecer un agradecimiento infinito por las cosas compartidas, por la autoridad ejercida, por los consejos, por las experiencias narradas, por los insobornables valores en los que se ha vivido, por el tiempo disponible y sobre todo por la certeza de que esas personas acompañarán sus vidas hasta que mueran. Así de simple, así de importante.

Y uno, cuando lee algunas de estas redacciones, se sabe también un poco especial, no porque vaya a ser como una de esas personas incondicionales que están en sus vidas, ni porque espere que lo aprendido quede asociado a su nombre, sino porque, a su modo, también ha aprendido, quizás en días como aquellos donde la lluvia esperada calaba en la tierra y la escritura se volvía espejo del silencio, a crear un vacío disponible para que cosas como las anteriores puedan ser dichas. Y uno también cree que el valor de la educación no está en algo muy distinto a esto, es decir, al reconocimiento de ese agradecimiento hacia quien nos ayuda a vivir. Ojala el dolor de esta época pueda abrirnos también a esta exigencia justa para la memoria del agradecimiento. Ahora, discúlpenme, que he de seguir leyendo y, por supuesto, les estoy sinceramente agradecido por este tiempo compartido.