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Estimados alumnos, queridos compañeros:

Quisiera sencillamente tener unas palabras finales de agradecimiento hacia vosotros, agradecimiento por este tiempo compartido, tiempo de trabajo pero también de disfrute. Emprendimos una travesía entre pantallas y palabras que hoy termina, una travesía que llevará siempre para vosotros y para mí el sello de esta época extraña que nos ha tocado que vivir. Demasiada cercanía en las pantallas, demasiada también distancia.

Sois alumnos, pero también ya profesores, lo sois y lo seréis. El ser profesor y alumno antes que una relación con los otros es una relación que uno lleva en sí mismo. Pero esto a menudo se olvida y, por ello, serán vuestros alumnos los que os hagan presentes en tanto que profesores vuestra condición de alumnos. Con ellos recorreréis de mil formas diferentes e impremeditadas los caminos de la filosofía. Y haréis esto por una razón fundamental: no se puede enseñar filosofía si uno pierde el hábito de aprender, si uno deja de ser alumno entre sus alumnos, alumno de sus alumnos. Y no porque uno tenga que dejar de vez en cuando su papel de profesor y volverse como un alumno, sino porque uno deja de ser profesor cuando pierde el interés de aprender, cuando deja de sorprenderse, de reconocer que tendría que saber mejor, etc. Creo que la autoridad del profesor se reconoce mejor cuando los alumnos lo ven como alguien que, pese a todo lo que ya tiene o ha conseguido -como suelen decir ellos-, no ha traicionado ese deseo originario que lo lleva con curiosidad y pasión a seguir estudiando y a comprender el saber de la vida que constantemente ve desplegarse ante sí y fundamentalmente en el querer aprender a vivir de sus alumnos.

Por mi parte, yo no he querido enseñaros muchas cosas, ni he pretendido daros consejos ni recetas ni estrategias de aprendizaje. Tampoco sabría cómo hacerlo. Por aquí están los libros que, acerca de estas cuestiones de didáctica de la filosofía, quise tener en cuenta. Los veo, los miro y no termino de reconocerme en ellos. Por esta razón su presencia ha sido menor. Y es que de fondo albergo la convicción de que la propia filosofía tiene una vocación didáctica, porque no hay ningún conocimiento filosófico que no lleve en sí mismo la exigencia de volverse comprensible cuando desde la soledad se comparte. Ya sabemos que, entre otras cosas, a la filosofía siempre la caracterizó esa vocación didáctica, esa vocación de querer ser enseñada y aprendida en el diálogo, en la proximidad de los cuerpos y de las palabras. Por mi parte, sólo he intentado en estas horas de la tarde indicaros un camino que cada uno y a su modo tendrá que hacer. Trabajar como profesores de filosofía es, en definitiva, ayudar a vivir desde la reflexión.

No es un camino fácil el que se abre ante vosotros, pero sí ilusionante. No es un camino fácil, porque no son estos tiempos buenos para la filosofía, para la reflexión, para la lectura, para el trabajo riguroso, ni lo es por la cantidad de tareas ajenas a la docencia que un profesor tiene que hacer, ni por los requerimientos de esta sociedad en la que tanto se ha confundido el estudio con el éxito. Tampoco lo es porque, a veces, os harán sentir los que se tienen por “profesionales de la filosofía” que vuestro trabajo es como de segunda categoría, porque, según ellos, la filosofía se hace allí donde se desarrollan estancias de investigación, donde se trabaja para colocar textos en revista bien indexadas o donde tiene lugar el afecto del colegueo de los congresos, etc. Y podréis sentir que vuestro camino estuvo equivocado. No tenéis que renunciar, por cierto, a nada de esto ni despreciarlo tampoco. Es importante aprovechar los medios que están a nuestro alcance para seguir formándonos. Pero tendréis que practicar la sordera con aquellos que os hagan sentir mal por hacer elegido este camino. Debéis, en todo momento, albergar la convicción interior de que la filosofía vive allí donde más se la necesita y de que en ningún otro lado su rigor y su virtud son más importantes que donde entra directamente en la vida. Muchas de las páginas en las que se escribe la investigación filosófica morirá demasiado pronto, pero las páginas que escribáis en la vida de vuestros alumnos vivirán con ellos. Que otros se jacten, como diría Borges, de la filosofía que queda en libros y artículos, vosotros sentid el orgullo de que queda en la conciencia de vuestros alumnos.

Os deseo lo mejor en este camino: el don de aprender a valorar la filosofía desde la responsabilidad hacia vuestros alumnos, responsabilidad que hará aquilatar vuestra propia filosofía a luz de las preguntas por sus vidas. Y os deseo que allá donde os encontréis no abandonéis nunca ni traicionéis vuestra vocación como profesores, esa vocación que os traído, por diversos caminos, hasta aquí. Reitero mi agradecimiento, os pido disculpas por las cosas que no he hecho bien, y me despido con estas palabras. Al final de todo queda el tiempo compartido y el recuerdo de este tiempo. Estas horas quedarán para mí, por ser quizás las primeras, como uno de los mejores recuerdos de esta extraña época. Suerte y determinación, que hoy como ayer hacen falta profesores que amen lo que enseñan, profesores que vivan ellos mismos para sus alumnos según las exigencias y las gratificaciones de la propia filosofía.

Seguramente volvamos a encontrarnos a la vuelta de una de las esquinas de este mundo, en este campo de batalla de la educación donde donde una vez y otra se pone a prueba la verdadera filosofía.

Me despido de vosotros cordialmente.

[El día 3 de diciembre de 2020 comencé mis clases en el máster de formación del profesorado de filosofía en la UGR. El día 3 de marzo terminaron. A razón de 2 horas y media de clase se trabajaron los contenidos fundamentales de las materias que se dan en la ESO y en el Bachillerato. El presente texto fue leído como despedida.]