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A Paco y Seni y, en ellos, a todos cuantos han sido dañados por el terremoto en Lorca

Su nombre es Paco y su apellido Alonso. Como tiene remotos orígenes granadinos para mí que es discípulo en la distancia  de la escuela de Alonso Cano.  Es artista, un artista moderno. Paco Alonso es fotógrafo, pero, como los antiguos pintores, ha hecho de su profesión su vocación. Trabaja para el grupo Vocento y sus fotografías suelen aparecer en La Verdad de Murcia. Es buena gente. No es infrecuente que me cruce con él por las mañanas cuando, después de tomarme un café, voy camino del trabajo. Siempre va con su cámara al hombro y, como todos los que profesan una vocación, su trabajo no entiende de horarios sino sólo de momentos oportunos. Paco Alonso tiene pinta de aventurero y no tanto por su aspecto físico sino porque siempre, a pesar de sus muchas cosas, tiene tiempo. Le gusta echar un rato y disfrutar del diálogo que es el placer de la amistad. Cuando me encuentro con él me lo imagino en  lugares lejanos que para mí sólo tienen resonancias literarias. Pero él eligió quedarse en Lorca. Es lorquino.

Ayer volví a verlo, primero, por la mañana y, en plena canícula de la tarde, cuando ofreció su testimonio a la radio del grupo para la que trabaja. Después de un abrazo,  me abrió su tercer ojo  y me mostró como la retina de la cámara grabó la imagen de una casa que ya no está. Allí estaba pero ya no está. Era su casa y ahora ya sólo es un lugar vacío, un solar, otra zona cero de Lorca. Y, sin embargo, aunque ya no esté allí, de alguna manera, su casa y la de su familia está allí. ¡Qué difícil es desacostumbrarse a no tener lo que es más tuyo! ¡Qué difícil  es borrar la imagen de tu casa para ver sólo un lugar vacío!

Paco ha participado en el programa de la tarde de Punto Radio para contar que su casa ha sido noticia. Él mismo ha tenido que dar la imagen de la noticia: el derribo de su edificio, por fin, dejará expedito el  paso del tren que une  Águilas y Lorca.  La foto, precisamente, ha sido  el solar donde hace unas horas estaba su casa.  Pero Paco  no está triste ni desesperado, incluso, finalmente, me dice que ha tenido suerte. Después de muchos vaivenes e informes  una empresa apuntaló su casa y sacó  sus cosas. Otras, como los archivos de su trabajo, quedaron en el trastero que quedó definitivamente sepultado por el derribo del edificio. (Seguramente con la pérdida de este archivo se ha sido perdido una memoria fotográfica de Lorca y su comarca. Pero ahora no es tiempo de mirar hacia atrás).  Paco ha sido, a la vez, objeto y sujeto de una noticia. Fotografiando el espacio en blanco donde estuvo su casa ha fotografiado también la desolación del esfuerzo de toda una vida.

Ya no hay nada. Llegó una máquina y como la mano de un niño con uno castillo de arena derribó la mucha vida que allí se había construido. He visto como se vienen abajo los edificios en Lorca. No hace falta mucha violencia para que caigan tabiques, se rompan columnas y  se abran los edificios. Basta con un “pequeño” movimiento más brusco  de lo habitual entre dos placas vivas  o con unos cuantos golpes dados estratégicamente para convertir una casa en una nube de polvo y escombros.

En Lorca hay miedo, hay miedo a que la tierra se mueva de nuevo. Hay gente que conozco que no ha podido volver a sus casas y hay gente que se ha negado a empezar de nuevo una historia que para ellos  tiene ya mucho tiempo. En Lorca hemos aprendido a que no vivimos en tierra firme sino sobre una caprichosa bola de fuego. A pequeña escala, a escala humana, nuestro mundo construido parece tranquilo, estable y permanente. Pero es una ilusión que nos hace llevadero construir nuestro mundo. Con el temblor –seismós– y sus ecos  las casas que hacían habitable ese mundo, como fichas de dominó, van cayendo inexorablemente.  Yo, que estaba en Murcia y llamé a Seni para ver cómo estaba el centro después del primer terremoto, escuché el grito de cómo ese mundo se venía abajo. Dicen que la tierra antes de moverse anunció el poder de su destrucción como con un rugido que nacía de sus entrañas. Yo estaba lejos y no lo escuché. En cambio, sí  que escuché ese grito angustiado que anunciaba la desolación humana después del gran terremoto, el que dividirá la historia de Lorca en un antes y un después.

Pero no traigo aquí, a la entrada de este lugar, los movimientos del 11-M en Lorca para inquietar a mis lectores ni para que hagan con las coincidencias de la fechas y los nombres malditas cábalas que nos dejan sin esperanza  sino para que tomen cuenta de lo que yo he aprendido: Paco, Seni y sus hijas,  y tantos otros lorquinos como ellos, no se han dejado llevar por la derrota, ni por la melancolía de lo que no es comprensible, ni han esperado a que otros  solucionen la destrucción de sus vidas. Al contrario, en medio del desastre se han puesto a trabajar para reconstruir y recuperar ese mundo propio que  perdieron.

Me admiró cómo funcionó el Estado, la U.M.E., los bomberos, policías, ejército, etc.,  me sigue admirando las muestras de solidaridad de tanta gente, pero me admira sobremanera el tesón de las gentes de este pueblo por superar algo que no es culpa de nadie pero que ha hecho tanto daño.  Robándole la kantiana idea a mi amigo Pepe Ramos me gustaría decir que en su actitud ante el desastre del terremoto muchos lorquinos han dignificado sus vidas. A ellos, que  están trabajando sin denuedo para construir de nuevo su mundo, mi más profundo respeto por esta lección de entereza ante tanto sufrimiento.