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Distraído ocupando el tiempo en otros quehaceres filosóficos no advertí el preciso momento en el que la gris penumbra acompañaba ya  la entrada a mis lectores. Está bien que esta actividad, como diría Vargas Llosa, de un escribidor esté jalonada con indicaciones de tiempo. En definitiva, quien escribe sólo persigue esto: ir de señal en señal trazando caminos de experiencia para que otros puedan caminar. Pero, con ello el oficio de escribir muestra la más absoluta finitud humana: cuando las preocupaciones se han ido a otros escenarios, el escribidor no puede abandonar el guión fijado, porque sólo así, los acontecimientos vividos, aun perdiendo la densidad de lo presente, quedan marcados como caminos en el tiempo.

En mi anterior entrada quise dibujar en este blog los papeles que sindicatos, funcionarios y administraciones habían tenido en la crisis financiera de la Región de Murcia cuando los primeros convocaron a los segundos para ocupar los espacios públicos en una clara oposición a los terceros. Los trazos de este dibujo pudieron hacerse con la fuerza de eso que llamé “el poder de las multitudes”, y mi intención era mostrar cómo esta ocupación desdibujaba la línea que separaba la legitimidad de la autoridad pública de la crítica legítima a un inmisericorde gobierno despótico. Las acciones que los sindicatos han convocado para los funcionarios  han desdibujado tal línea porque, llevados por sus propios intereses, se han basado en lo último para corroer lo primero.

Ahora, paso página, para seguir el vuelo de los papeles a otro escenario. Quiero centrarme en aquellos papeles secundarios de los centros públicos de trabajo, y, concretamente, en los papeles de la escuela, papeles que se han convertido en políticos cuando los sindicatos, como directores de escena, llamaron al animal político que todos, como diría el Estagirita, llevamos dentro. Con esta llamada, hemos visto, cómo los escenarios públicos, no ya el de las calles y plazas sino el de las clases, pasillos y salas de encuentro, se han alterado al asumir cada cual otro papel que aquel para el que había sido aprobado.  Entremos también nosotros en este escenario con un ejemplo.

Imaginemos que soy un profesor de matemáticas y preguntémonos cuál es mi papel en el espacio público de la escuela. La respuesta sería “ser profesor de matemáticas”, es decir, mi papel, en ese espacio público, sería enseñar matemáticas, esperando llegar algún día al grado de  maestro. En función de ese papel, que define mi condición de funcionario, actúo y represento, siendo así reconocido por los demás en este papel. Así lo hacen  mis alumnos que me describen propiamente como “el profe de matemáticas”, así lo hacen mis compañeros que me reconocen como igual a ellos en la función educativa, y así lo reconoce el Director, el cual, por cierto, es Director en tanto que coordina, dirige y organiza los papeles de esta obra y, aquí, de ninguna otra. Cada uno, en el cumplimiento de su papel, hace posible el éxito de la función educativa. Cada mañana, cuando el colegio abre sus puertas es como si se abriera un telón y antes de salir a escena cada uno viniera ya  con su papel. Afortunadamente, además de profesor de matemáticas, tengo otros papeles en otros escenarios y para otras obras. En cada uno de mis escenarios están presentes todos mis papeles, pero yo sé que el deber de esta función me impone postergar  esos otros  papeles para contribuir en cada acto al desarrollo adecuado de la representación. Así, en este juego  de actuaciones y reconocimientos, finalmente estoy presente en este concreto espacio público que es mi escuela como un profesor de matemáticas.

Pero también, se me dirá, un centro de trabajo es un centro de relaciones de sociales. Y así es. Puedo ser también alguien que comparte con otros compañeros la lectura de la prensa, la pasión por el rugby o por la Semana Santa. Hay en  los centros de trabajo espacios intermedios donde relajo mi  papel principal y hago aparecer los otros papeles del teatro de mi vida. Pero está claro que, en cualquier caso, para que haya  un adecuado funcionamiento, tengo que distinguir continuamente, primero, cuál es en ese espacio público mi papel principal, y segundo, la prudencia de cambiarlo sólo allí donde pueda hacerlo. No ayudaría mucho al funcionamiento del centro, por ejemplo, que dedicara mis clases de matemáticas a ensayar con mis alumnos los pasos de la Semana Santa ni tampoco que se convirtiera el claustro de profesores en una cofradía. Otros papeles tienen siempre otros escenarios.

Pues bien, con la Ley de medidas extraordinarias para el sostenimiento de las finanzas públicas, hemos visto, como, repentinamente, los centros educativos han sido escenario de las protestas sindicales alterándose los papeles de los funcionarios que en ellos trabajamos. Muchos de los actores públicos han pasado a representar un papel político. Pero, ¿acaso es evitable, por ejemplo, que las legítimas protestas labores de los maestros tengan consecuencias políticas en la escuela? ¿Acaso pueden llevarse a cabo la defensa de los intereses laborales sin politizar los centros de trabajo? ¿Hay límites en la defensa de los derechos laborales? Pues bien, para mí estas cuestiones tienen que plantearse del siguiente modo: ¿Qué pasa cuando cambiamos de papel en nuestra función pública? ¿Qué pasa cuando cambiamos los papeles de trabajadores por papeles de políticos? Detengámonos en esta forma de plantear el problema.

Si dejo de ser el profesor de matemáticas para convertirme en “alguien que hace política”, consiguientemente, asumiré un papel político y, entonces estaré en esa representación, bajo ese papel, es decir, estaré como alguien perteneciente a un partido político, pongamos por caso al PP o al PSOE, como alguien de izquierdas o derechas en el mejor de los casos, o como un facha o un rojo en el peor de ellos. Y obligaré, una vez que el centro se desplaza de lo educativo a lo político, a que los demás se muestren en ese escenario desde su papel político. De esta manera, la politización trae consigo un cambio de funciones en el escenario público. Entonces mis alumnos, por ejemplo, pueden dejar de ser considerados en su papel de alumnos, que es el papel que asume quien tiene que aprender algo de alguien, para asumir el papel de “sujetos” de una acción política, sujetos que me ayudarán o no en mis propósitos políticos.

Por eso, extrañado, muy extrañado me quedé al oír, por ejemplo, que entre las propuestas de las asambleas animadas por los sindicatos para reivindicar los derechos laborales de los funcionarios estaba: o bien suspender a todos los alumnos o ponerles un diez, para acto seguido sostener que la acción de los sindicatos, y aquellos que le siguen el juego, tenía como finalidad defender la calidad educativa. (Volvemos a las grandes palabras para ocultar lo que, de hecho, son sin más intereses legítimos de unos y otros).  Pero, si se hiciera eso, si lo mismo fuera aprobar que suspender a todos por igual, entonces esos sujetos ya dejarían  de ser considerados como alumnos para convertirse en objeto de nuestras acciones políticas. Y, de la misma manera, podría argumentarse en relación con el resto de personas que trabajan en un centro escolar.  Literalmente, la política, la política de partido que practican nuestros sindicatos y que trasladan sin menor pudor al espacio público, está  aquí fuera de lugar. Si los sindicatos no hubieran querido hacer oposición al gobierno tomando como argumentos de sus funciones a los trabajadores  y si la oposición no hubiera querido hacer su propia campaña política a hombros de los sindicatos, entonces no se habrían politizado nuestros centros de trabajo perdiéndose como se han perdido muchos de nuestros  papeles.

Una circular de la Consejería llamó al orden para que no  se utilizaran los bienes públicos  para propaganda electoral, cierto,  no porque la Consejería estuviera especialmente sensibilizada con respecto a los límites morales sino porque tenía que  hacer ver  en sus funcionarios el poder de la administración.  Aquella circular cayó del fax a mis manos con el peso del poder violento del Estado. Unos días mas tarde el Gobierno regional alcanzaba un acuerdo con la mayor parte de los sindicatos  menos, curiosamente, con la UGT, CCOO, y STERM que, a día de hoy, siguen llamando a distintas movilizaciones. El ruido y la furia de aquellos días se han calmado y tanto las páginas de los periódicos como nuestros silencios y palabras han sido llevados a otras ocupaciones. Para unos ha quedado la impresión de que una vez más el gobierno dividiendo los sindicatos ha vencido, para otros, que estos sindicatos querían hacer campaña política contra el gobierno del PP.

Pero, para mí, que he asistido, in situ,  a esta representación,  viendo los distintos papeles de unos y otros, he aprendido que sin mantener los límites de nuestros papales en los espacios públicos, éstos se arruinan como se arruina, con el paso del tiempo, un vetusto edificio. Esos límites pueden venir de la imposición  del derecho de la Administración para protegerse así misma,  pero, en última instancia, en esos pequeños espacios de la micropolítica, esos límites tienen que descansar en la moralidad de  los actores. De lo contrario, pueden subvertirse  con demasiada facilidad nuestros papeles. ¡Y es tan fácil hacerlo! ¡Incluso creyendo  que se actúa moralmente! Y es que la moralidad misma de los actores, que en un momento determinado sienten que tienen que asumir otro papel, puede ser un ofuscamiento de la propia moralidad en el lugar de su representación porque, creyendo romper el fantasma de un viejo mundo falto de  derechos, utiliza lo que encuentra a su paso, bajo el lema del “todo vale”, para exhibir ante los demás  la fuerza de lo que ella no puede aceptar.  En tal caso la moralidad llevada por el afán de configurar el mundo de nuevo puede perder la mesura y ponerse al servicio de unos determinados intereses políticos. En tal caso, como nos enseñó Kant, eso ya no sería moralidad. Kant salvó el peligro del ofuscamiento de la moralidad en el procedimiento del imperativo categórico que hace ver la moralidad de una acción en la apelación a los otros bajo la consideración de una ley universal. Esta apelación a los límites morales como los límites que nos impone el papel que tenemos que representar en un determinado espacio público como la escuela es lo que he intentado poner de manifiesto para mis lectores con el utillaje del lenguaje teatral. Lo interesante, en líneas generales, es  poner de manifiesto desde dónde participa cada cual en los diversos escenarios y representaciones de la sociedad, y, particularmente, cómo el cambio de unos papeles en escena fuerza el cambio de otros. Es, de esta manera, como, finalmente, se construye, se transforma o se destruyen los espacios públicos.

Todo esto viene a mi mente cuando en aquellos convulsos días de manifestaciones, de asambleas, de vuelta al escenario político de los sindicatos, sentí el miedo a volver al enfrentamiento de las dos Españas, de esas dos Españas que empezaron a  enfrentarse en el siglo  XIX y que la Constitución del 78 parecía, definitivamente, haber enterrado. Pero las crisis no son buenas para nadie ni siquiera para los antiguos fantasmas que, en cualquier momento, siendo invocados, pueden colarse por los agujeros que la crisis ha abierto desenterrando viejos papeles  de una función que muchos de  nosotros creíamos ya acabada.