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Ahora que penden sobre nuestros títulos, como espadas, recuadros de colores,  vuelvo a las andadas, con las idas y venidas, de la reflexión compartida. Y vuelvo  allí donde precipitadamente me quedé: insostenibilidad económica del sector público, medidas para la sostenibilidad, micropolíticas para los espacios de trabajo y macropolíticas de multitudes.  Todo en el laboratorio de la Región de Murcia que luchó, como todas, por su autonomía y que ahora,  que la reciedumbre del Estado se echa más en falta que nunca, sigue, como todas, presentando los resultados del proceso autonómico como aquello que era mejor para “este pueblo”. Pero, las diferencias entre comunidades no sólo se han mostrado con las diferencias de trato de un Gobierno poco central ni con las recreadas diferencias culturales sino ahora también con los rostros dispares en cuanto a la administración y eficacia se refiere. Con la descentralización del Estado, nos dijeron,  se acercará la participación del ciudadano a la política, pero, a lo largo de estos años, hemos visto cómo ciudadanía y poder político se han alejado hasta que el espacio público ha sido ocupado casi exclusivamente por élites políticas de partidos, sindicatos y medios de comunicación.  Si no se hace política de partido es como si no se hiciera política, y de este modo, sindicatos y medios de comunicación se han hecho siervos de los partidos para no perder cuotas de particpación política.

Los sindicatos  que entre dudas de huelgas han caminado dormidos, repentinamente, en la Región de Murcia, una  Ley para la sostenibilidad de las arcas públicas del Gobierno del PP -repárese cómo el Gobierno regional del PP ha aprendido del Gobierno nacional del PSOE a plantear correctamente los problemas políticos- los ha sacado del letargo de sus voces interiores al espacio político.  Y ahora, hasta que los somníferos -subvenciones y delegados- vuelvan a  hacer sus efectos,  todos los espacios públicos se nos han llenado de políticas de protesta. Protestas en las calles y protestas en los centros de trabajo. Podríamos llamarlas alternativamente  “protestas macropolíticas” y “protestas micropolíticas”.  Quiero ocuparme en esta entrada de las primeras, y dejar para la próxima, cuando me saquen los colores de este título,  las segundas.

Todos sabemos que la potencia de la multitud no se mueve sino con grandes ideas. Sólo son  poderosos aquellos eslóganes que pueden rasgar la sensibilidad de los corazones con las manos de las grandes utopías.  Las buenas pancartas se pintan con las grandes palabras de la política. Así, por ejemplo, una lucha por “los derechos laborales” de unos funcionarios no podrían pintarse con las siguientes palabras: “No me bajéis mi sueldo”, “No me quitéis mis 75 euros”, etc. Así no se  con-voca a una multitud para que se manifieste, entre otras cosas,  porque en el momento actual -eso que expuse según mis entendederas en mi anterior entrada- tales reivindicaciones laborales y sociales, aunque legítimas, muestra una mezquindad que las hace inoperantes. Si esta tienda de comestibles tiene que cerrar, si aquel empresario que tenía una pequeña flota de camiones ha tenido que vender la mitad, si el pequeño panadero dice que ya no puede competir con el pan congelado de las grandes superficies, si uno ve, como por equivocación, una persona se presenta en una oficina que orienta sobre cursos de educación y pide  un bono para comer mientras observa que las manos le tiemblan acaso de vergüenza o acaso de hambre, si uno ve cómo el esfuerzo de muchos españoles que pagan impuestos para invertir en educación y, en definitiva, en futuro, tendrá su rendimiento en otros lugares, si uno ve, digo,  ejemplos de esto todos los días y sabe además que el desánimo, tan bien avenido con la derrota, se perfila como único horizonte para muchos jóvenes,  si uno ve esto entonces la exigencia de mantener las mismas condiciones laborales parece en el mejor de los casos una falta de sensibilidad y un entornar los ojos a la solidaridad.

Pero, en cambio, si cambiamos las palabras y el refranero y convertimos nuestras “exigencias económico/labores” en unas exigencias morales, entonces nuestra distancia de la mísera necesidad se convierte en cercanía política: ¿quién no saldría  a la calle  si viera que el Estado de bienestar, el que cuida de los no privilegiados económicamente, está en peligro? ¿Quién no se echaría a la calle cuando el recorte del gasto público cierra las pocas puertas de los que menos tienen? Sin grandes palabras que transformen nuestros  intereses legítimos  en batallas políticas no habría, en nuestras cómodas sociedades del bienestar, manifestaciones políticas. Por ello, creo que, aquellas legítimas pancartas han tenido que transformarse en otras como: “Menos dinero para la educación, menos futuro para la región”. Eslóganes como éstos han podido leerse en las pancartas colgadas en los centros públicos de  Murcia. Pero junto  a esas “indirectas acciones” también se han convocado ya ocho manifestaciones, encierros en colegios y otros centros públicos, y (per)seguimiento a los representantes políticos del PP, y otras cosas que no voy a comentar. Todo en esa amalgama poco clara de sindicatos y asambleas. Pero he aquí que, como pasa siempre en estas cosas, al final el Gobierno ha llegado a un acuerdo con los sindicatos mayoritarios. Pero dicho acuerdo no ha sido firmado ni por Comisiones, ni por la UGT ni por el STERM. Por ejemplo, la UGT  ha anunciado que seguirá con las protestas y que va a salir del pacto educativo. Pero de todo lo que dice en el Manifiesto firmado el 25 de Febrero lo que más me ha llamado la atención es la convocatoria para participar en un “Campamento de la dignidad” donde los sectores afectados por los recortes –Educación, Sanidad y Administración y Servicios-  “llevarán a cabo actividades tales como la papiroflexia, el tai-chi o el teatro”.

Sin la tarea de la dignidad, esa en la que Kant terminó fundando el imperativo categórico, parece que no  se podría convocar un campamento para que los funcionarios hicieran uso de sus derecho político de participación haciendo pajaritas de papel o movimientos  pseudo artes marciales chinos. Pero, ironía a parte, sabemos que el término “campamento”,  cuando se usa en el contexto político, tiene  tras sí unas connotaciones muy precisas: un poder avasallador y el único  “refugio” de los marginados del poder político. Eso es un campamento de la dignidad y eso es lo que puede mover a la potencia de la multitud a enfrentarse con el poder gubernamental cuando reviste el despotismo con legitimidad. Pero un  campamento en la plaza más céntrica y bonita de Murcia, ¿podríamos decir de él que es un “campamento de la diginidad” sin herir a aquellos que han sufrido las consecuencias de un poder despótico? (Por cierto, como somos tan deficitarios en experiencias de dignidad comunitarias, es decir, de la dignidad que une en  “comunión” a personas con un padecimiento común, en la más original de las manifestaciones en Murcia se pudo escuchar, a falta de otros himnos, canciones que el recuerdo trajo de la vieja educación moral en las iglesias. Perplejo me quedé cuando se escuchó a un grupo de manifestantes por la Gran Vía cantando: “Juntos como hermanos, miembros de un sindicato, vamos caminando….” ¿Cuánto tienen que deberle todavía sindicatos y partidos a la Iglesia que es la que nos ha enseñado las formas de las primeras comuniones?

No podría estar en desacuerdo con estas manifestaciones, si el motivo real de tal empresa fuera moral y tuviera como tarea plantarse ante un gobierno despótico, y no ser, sencillamente, una exigencia económica legítima que se ha llevado al terreno de lo político para hacer política contra el Gobierno. Es importante esto porque al desgranar nuestras razones pasamos inadvertida o inopidamente de la consideración de un gobierno despótico  a la falta de reconocimiento de legitimidad de un Gobierno que tiene el reconocimiento  de la autoridad política para poder ejercer responsablemente su tarea de gobierno y administrativa.  Lo ideológico, en el sentido marxiano del término, está en que se señala lo primero para no reconocer lo segundo. Lo ideológico, como aquello que siendo falso encubre algo, está en que en esa pretendida inadvertencia hay una clara intencionalidad política. Es, entonces cuando, aquellos que quieren hacer política de partido sin serlo  llaman al poder de las multitudes bajo los himnos de las grandes palabras.  Para que las manifestaciones sean poderosas y tenga el efecto político querido, ellos saben que los que están parados hay que dejarlos orillados en el camino porque ya perdieron su poder. Forman,  como vio Marx, una legión de invisibles fantasmas que algún día sin más re-presentación que su sola presencia se convocarán  a sí mismos para ocupar violentamente el espacio político que los dejó marginados. Cuando el hambre rompe el estómago  en medio de la farsa y del teatro entonces las acciones que reclaman dignidad ya no se serán las de la papiroflexia o las del tai-chí.  De otra manera, no cabe duda, jugarán los espectros  con las figuras y los papeles. Pero, esto será siempre luego.  ¡Es  tan difícil  verlos ahora!  Para  el ahora, para el ahora en crisis, mucho es ya luchar por la propia vida entre los vivos para ser voz  de muertos. No queda más remedio que utilizar la artillería de las grandes palabras para hacer creíbles unos papeles de los que sin teatro estarían parados y muertos