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El equilibrio de la existencia humana está proyectado hacia el futuro. Por eso, cuando una de nuestras posibilidades ya no es factible, es decir, cuando ya no podemos verla como hecha en nuestro por-venir, perdemos ese equilibrio y nuestra vida, concentrada en sí misma como problema, se desorienta. La vida vuelve a equilibrarse cuando este punto en el que se cierra se proyecta de nuevo hacia el lugar de otra posibilidad en la que volvemos a vernos con porvenir. Habría que pensar si hay una correlación, para lograr ese equilibrio, entre el grado de problematicidad de nuestra existencia y la necesidad de que el punto en el que esta se concentra se proyecte más o menos lejos en la línea de la posibilidad que orienta nuestra vida.  

Pero en cualquier caso, lo que parece claro es que nuestro equilibrio será siempre incierto, porque el lugar en el que puede encontrarse no nos pertenece más que como una posibilidad, como una irrealidad; pero, a cambio, la vida que es inquietud por resolverse, no cesará nunca de ponerse a sí misma la tarea de buscar nuevas posibilidades en la que proyectar su punto de equilibrio. Cada posibilidad arruinada es de algún modo una oportunidad para experienciar que el ejercicio propio de la existencia está en trazar, una y otra vez, proyectos en los que puede verse a sí misma, de alguna manera, como llegando a lo que está por venir, porque solamente cuando mira hacia donde ella no está, puede encontrar ese cierto y, a la vez, incierto punto de equilibrio que necesitamos para vivir.