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                                                                  Pintura de la ESPE, sin fecha

                                  Para aquella persona que ha guardado la gratitud a lo                                       largo de los años. 

Vivimos en la sociedad de la exigencia. Todos somos exigentes con todos y quedan muy pocos momentos para las palabras de agradecimiento. La educación es uno de los campos donde esta exigencia sin agradecimiento se ha hecho fuertemente presente. Un docente tiene que soportar la exigencia, primero y fundamental, de la propia administración, es decir, de un poder político que no se interesa por los fines de la educación sino por los suyos propios. La administración política, aunque se adjetive de “educativa”, no está interesada ni en saber qué es la educación ni en el modo de hacerla efectiva, un modo que requiere esfuerzo, libertad y tiempo. La preocupación de la administración por la educación se reduce básicamente al esfuerzo de mejorar los datos estadísticos de los aprobados con los que se ponen en juego, por tratarse de uno de los pilares del Estado social, la “gestión de un gobierno”. De aquí nace su preocupación y no de otro sitio.

También tiene que hacer frente, en muchos casos, a la exigencia de los padres que creen que en el control al profesorado está la garantía del éxito de sus hijos, éxito que vendrá, para ellos, también exclusivamente con las notas y los títulos y no con lo que es propiamente la educación, porque, si este fuera el caso, muchos orientarían esta exigencia hacia esa educación previa, que se da en la casa, y sin la cual no es posible formar académicamente a una persona y que requiere la interiorización de la disciplina, del hábito de trabajo, del respeto a los valores morales, a las normas de convivencia y a la autoridad del profesor como aquel que se encarna, para la figura del alumno, todo esto.

También vemos que esta exigencia también se ha trasladado a los propios alumnos, los cuales, en no pocos casos, quieren una atención por parte del docente que ellos no están dispuestos a mostrar. Hay que actuar con mucha cautela y al mismo tiempo tener la fortaleza para no perder los nervios en más de una ocasión: un exceso, es decir, una palabra mal dicha, un requerimiento “desmedido”, un error, puede desencadenar un proceso de graves consecuencias. Hay una exigencia, en este sentido, para los docentes que no tiene ni siquiera su correspondencia para los alumnos.

Y, por último, a estas exigencias hay que sumarle también la que tiene que tener el docente consigo mismo para mantener con sentido su propia actividad, la cual, como se sabe, radica principalmente en encontrar, en medio de tal situación, un sentido para lo que hace a diario que supera diariamente las expectativas de la administración, de la familia y de los propios alumnos en cuento a los fines de la educación. Si el docente no estuviera por encima de lo que quiere de él, la educación  se iría a pique.

No estamos acostumbrados, por ello, a que se den muestras de gratitud, ni por parte del poder político, que sabe que tiene a los docentes a su servicio, ni por parte de los padres que, normalmente, sólo miran el “éxito” de sus hijos como si este “éxito” pudiera desvincularse en tanto que alumnos, a su vez, del “éxito” de sus profesores como docentes, ni de los propios alumnos que, por su propia edad y por el solaz sosiego que encuentran en la tactilmanía de sus móviles, están un tanto ausentes de la inquietud de su propia vida. De producirse algún tipo de agradecimiento, este suele venir por “trabajos” que no tienen un especial valor en la vida docente como tal, por ejemplo, viajes, excursiones, actividades de recreo, manejo de las TICs, etc. Poco lugar queda para el agradecimiento por lo que se dice en clase que, al fin y al cabo, es para lo que está un docente.  y que surgen después de la experiencia, del trabajo, de la formación y de la maduración en las cuestiones del saber en la educación.

El otro día, al salir de una clase de un máster, se acercaron unos alumnos para darme las gracias por la clase. Me quedé en silencio apropiándome de las palabras de gratitud. Tan poco acostumbrados estamos a falta de agradecimientos en el ámbito de la educación que aquel gesto, aquellas palabras, me parecieron como fuera de lugar, como algo arcano que se ha perdido en el curso del tiempo. Creo que una sociedad en la que las exigencias no dan la oportunidad para el agradecimiento se precipita hacia el abismo de la barbarie porque sin agradecimiento no hay reconocimiento y sin reconocimiento no hay humanidad. Y, aunque sea difícil verlo hoy día, sin humanidad, sin humanitas, no es posible decir una palabra con sentido para eso que siempre ha sido la educación.