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img-20160824-wa0002-1Con el título “María Zambrano: tragedia civil y metamorfosis de la razón”, el profesor Pedro Cerezo inauguró con una magistral conferencia el curso “El pensamiento del exilio español de 1939 y la construcción de una racionalidad política”, celebrado en la Universidad de Granada a principios de septiembre. En la obertura a la conferencia, el profesor, haciéndose eco de su propia experiencia, confesó que el interés que despertó en él el estudio de la tradición hispánica fue la menesterosidad de pensamiento que la España naciente de la transición demandaba. Él, como otros, entendió que la responsabilidad política radicaba en aquel entonces no sólo en dar respuestas inmediatas a las necesidades de la incipiente democracia, ni sólo en llegar a acuerdos tácticos y técnicos para que fuera posible su andadura, sino en volver a la tradición de pensamiento, a su estudio, para salir al frente de aquella necesidad de los tiempos. La comprensión de nuestras vidas presentes se arraiga, como bien sabemos, en el fondo de nuestra historia. De los que cargaron con esta responsabilidad hemos aprendido que, cuando en medio de una crisis la desorientación es grande porque una etapa se cierra y en la venidera aún no despunta el lucero del alba, es necesario mirar al mañana desde el diálogo con los textos fundamentales de la tradición.

“No sabíamos –me comentó luego el Profesor– a dónde acudir, a dónde mirar”. Fue esta necesidad la que le llevó a poner sus ojos en la tradición del pensamiento hispánico. A esta tradición, después de la tragedia civil, perteneció insoslayablemente –este era el objeto del curso– también esa pléyade de pensadores que desde el exilio miraron la reciente historia de España desde la lejanía pero también desde la cercanía de la experiencia. Los que en aquel momento de la transición volvieron sobre ellos y sobre la larga lista de pensadores de nuestra tradición fueron también artífices principales y no menores de la instauración de la democracia. Su trabajo creció en la convicción de estar sentando las bases no sólo del modelo institucional del Estado sino también de la convivencia entre unos y otros. Y es que no se podía abrir un camino por el que ir juntos si antes no se mediaban en el diálogo y en la palabra el enfrentamiento que nació de la oposición ideológica. En este sentido, la democracia, como lugar para el diálogo pero también como el espacio político que se constituye desde la palabra, es la única forma política en la que las diferencias quedan re-unidas en un lugar común. En otras palabras, las posiciones ideológicas que representan siempre la irreductible pluralidad de las ideas tienen que ser templadas, reconducidas y mediadas, en democracia, por el diálogo, un diálogo, hay que apostillar, que se hace cargo de las diferencias pero que sabe reconducirlas en lo fundamental para todos hacia el entendimiento y el consenso. Este ejercicio de la palabra madura que hace madurar la democracia se aprende con la mirada que vuelve desde su deseo de horizonte al trabajo de mediarse con la tradición.

Nuestro tiempo, evidentemente, no es ya el de la transición, ni nuestra situación histórica es como aquella otra, pero, sin embargo, la crisis económica de estos años, sus consecuencias sociales, y la falta de una ética pública en los partidos políticos –circunstancias estas que han tenido como colofón el año que hemos vivido sin gobierno –hacen que tengamos que mirar a aquel momento como el más parecido al nuestro. Hoy, como entonces, es necesario poner las miras en la tradición con la intención de mediarse en el trabajo intelectual con ella. No obstante, creo que hay una nota que no estaba presente entonces y que sí lo está ahora y que hace urgente esta tarea: la falta de conciencia de la necesidad de esta mediación, al haber quedado transformada la política, básicamente, en información y/o espectáculo. Para hacer política hoy parece que basta con ocupar un lugar en las parrillas televisivas y en los medios escritos y sobre todo manejar adecuadamente las redes sociales. Es más, a veces se tiene la honda impresión de que el ejercicio de discusión pública tiene como objetivo el proporcionar una imagen que luego será explotada en las redes sociales. Así las cosas, el espacio político de la democracia parece haber quedado convertido en el lugar de la pura inmediatez, donde todos concurren a todo, donde todos están presentes en todo, donde todos tienen que hablar de todo, porque lo relevante no es aquello por lo que se concurre, ni aquello por lo uno se hace presente, ni aquello que da contenido a lo que se dice, sino el ocupar un lugar en el espacio de los medios o impedir que otros lo hagan.

La tarea política, en cualesquiera de sus niveles, requiere, para evitar el peligro de esa inmediatez, de la práctica del ejercicio sereno y riguroso del diálogo con la tradición. Si este se deteriora, también lo hará en un plazo más o menos largo el diálogo entre unas fuerzas políticas y otras, pero especialmente, el modo como unos y otros nos entendemos en el espacio público. Hay una relación, no siempre advertida, entre el grado de tolerancia, respeto y capacidad para afrontar conjuntamente los retos comunes y la capacidad para hacerse apropiadamente con el pasado. Sólo en la mediación con nuestra tradición puede superarse la penuria de la inmediatez que carga el espacio político con consignas, mensajes e imágenes que no tienen otro alcance que la sola disputa del pre-dominio del espacio político como lugar de lucha por el poder. El asiento de la democracia necesita de la continua mediación, cabe decir, de la continua reflexión, porque sin este trabajo lo político, queda reducido a una ejercicio que tiene como tarea, principio y finalidad la instrumentalización del poder. No bastan las élites de los partidos, ni bastan per se el funcionamiento de las instituciones, sino que es necesario crear un sustrato que vaya alimentando desde abajo el crecimiento de la democracia si que esta, además de ser comprendida como un procedimiento para ejercer legítimamente el poder, quiere serlo como un modo de convivencia.

Cuando tuvo que ponerse en marcha la transición hubo quienes vieron que la naciente democracia no podía prosperar si a medio y largo plazo no se llevaba a cabo un diálogo crítico con la tradición. Se trataba de una urgencia cuyos efectos se harían visibles a largo plazo. Lo importante de esta recuperación no estaba sólo en espigar los elementos que podían ser necesarios y útiles para la nueva andadura, ni tampoco estaba en hacer presente un conocimiento histórico para que los “errores” del pasado no se volvieran a cometer, sino lo importante estaba en la necesidad de mediarse en el diálogo con aquellos que habían vivido y pensado la crisis de su tiempo, porque para dejar el pasado atrás y superarlo, si es que cabe hablar de este modo, era necesario tanto enfrentarse con él como reconciliarse en él. Sólo desde aquí podían derivarse acuerdos y consensos de fondo para la sociedad. Este es el tipo de diálogo que hoy reclama nuestro momento histórico y en él cifro, en definitiva, la posibilidad de superar esta crisis que, como se ha apuntado sobradamente, no es sólo económica ni política sino que hunde sus raíces en un déficit de comprensión de nosotros mismos en relación a nuestro pasado y a nuestro futuro.

En su reciente libro titulado El Quijote y la aventura de la libertad el profesor Pedro Cerezo, que es ejemplo de cómo llevar a cabo este ejercicio de diálogo con la tradición, ha escrito lo siguiente: “Tengo la convicción de que, si España hubiera aprendido la lección liberadora del Quijote, habría tenido una Modernidad más acorde con las exigencias históricas de un nuevo tiempo de pensamiento crítico e investigación objetiva”. Es uno de los aspectos que el Profesor ha señalado a propósito de su lectura de la obra cervantina y que manifiesta claramente que la vuelta a los clásicos no puede sino hacerse desde la honda preocupación por nuestra historia, que es tanto como decir por el futuro de nuestro tiempo.

Valgan, por ello, estas exiguas palabras como reconocimiento al trabajo de quienes no han dejado de creer que el diálogo con los clásicos de la tradición es la mejor herencia para sobrevivir a la crisis de nuestro tiempo, y valgan también como una obertura a los artículos que yo mismo, teniendo esto presente, intentaré escribir en esta nueva temporada desde el lugar desde el que miro los avatares políticos de nuestro tiempo. A este diálogo, que aquí será menor, quedan unos y otros invitados.

                          [Publicado el 7 de Noviembre en Granada Digital]