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                             A mis compañeros Ciudadanos que trabajan codo                                  con codo, sin protagonismos, para renovar la vida política

Es en la trama de las relaciones sociales donde conocemos a los demás en lo que son y donde nosotros mismos somos conocidos. Estas tramas siempre han sido  más o menos extensas, más o menos profundas y más o menos tejidas. En cualquier caso, pueden ser pensadas a través de círculos que se extienden a partir de la posición que ocupamos en cada caso. Pero con las redes sociales se ha alterado significativamente el modo en el que se disponen ante nosotros estos círculos que se constituyen vertiginosamente siguiendo la propiedad asociativa: los amigos de mis amigos son mis amigos, los contactos de mis contactos son mis contactos, etc. Pero además las redes ofrecen la posibilidad de alterar la relación de estos círculos cuando se toma la iniciativa  y se solicita la relación de quien no estaba en modo alguno dentro de nuestros círculos sociales. En el mundo virtual disponemos de las relaciones sociales en un abrir y cerrar de manos. Basta un clic para ensanchar cuanto queramos nuestras relaciones sociales formando parte de comunidades que antes nos eran totalmente inaccesibles.

Pero hemos de tener en cuenta un principio básico: a medida que esa pertenencia es más genérica nuestra vida se desarrolla allí de manera más abstracta. Verdaderamente, son las personas con las que convivimos, las que nos ven, las que nos soportan y  a las que podemos dirigir la mirada y la palabra quienes con más certeza saben quienes somos y ante las que resulta más difícil armar falsos artificios para construirnos. Digo bien “construirnos” porque si algo caracteriza nuestra vida en las redes sociales  es que tienen un componente muy alto de construcción de sí, de simulacro o de autoproyección. En principio esto no debe extrañarnos porque si algo caracteriza a la vida humana es que  siempre es una mezclada del lujo de la artificiosidad y de la menesterosidad de lo natural. Pero con el advenimiento de las redes sociales a nuestras vidas hay quienes no equilibran bien lo artificial y lo natural, y terminan confundiendo su persona con el perfil de las redes en las que participan de tal modo que creen formar parte en sus relaciones de comunidades a las que no pertenecen más que, como diría Hegel, abstractamente. Creen compartir una vida que no llevan porque están al cabo de las publicaciones y comentarios de aquellos a los que verdaderamente admiran y que previamente han elegido. Las redes sociales  ayudan sobremanera a los individuos henchidos de ego a neurotizarse. Por ejemplo, hay individuos que hacen kilómetros  y kilómetros con la vana idea de hacerse una foto con un personaje público  para luego parecer que son alguien en las redes sociales. En el mundo iconográfico de las redes sociales una foto, con los enlaces y enganches oportunos, puede valer más para estos individuos no ya que mil palabras sino más que la vida cercana en la que somos conocidos y en la que no podemos dejar de darnos a conocer. Y así resulta que te encuentras por estos mundos  a pequeños nicolás que no maduran por más años que tengan.

Pero la desmesura de la conciencia de sí, el querer parecer más grandes de lo que uno es tiene también consecuencias para las personas que inevitablemente circundan el mundo de perfil del megalómano. Porque suele suceder que estos individuos no conjugan sino el ascenso de sí con la destrucción de los más cercanos. Así lanzan su yo más estimado  a los más altos aires ilusionados por ascender con el humo de lo que quieren quemar. Viven así en la ambigüedad y en la paradoja denostando públicamente a aquellos entre los que un día fue bien querido y recibido. Aunque parezca que se debate en la contrariedad de sí, es perfectamente coherente en su pensamiento estratégico, pues sabe bien a aquel cuya relación tiene que granjearse y utilizar para dañar a los otros y poder así lucir sólo por sí mismo. Por ello, ensalzan a unos para, en la satisfacción del halago, manipularlos y dañar a terceros. Su hueca coherencia está en que da igual, amigos que enemigos, porque unos y otros son vistos simplemente como peldaños para saltar al cielo particular de las altas relaciones sociales.  Lo que en el fondo mueve su alma es la manipulación de los que tienen a su lado y el daño bien calculado para gozar, aunque por un instante, de un momento de gloria. Obviamente, nada de esto aparece en el trato cercano en un principio, porque hábilmente esconden el deseo de su yo en la candidez e ingenuidad de las primeras palabras.

Estos individuos, que pululan en todos los órdenes de la vida, se hacen especialmente significativos allí donde está en juego el poder. Viviendo en las cercanías del poder creen que su reconocimiento y su influencia están garantizados en el codeo de las más influyentes esferas del mundo virtual desvalorizando, despreciando y ninguneando  a los que trabajan en ese mundo cercano al que, se quiera o no se quiera, se pertenece. No son personas, pese a lo que pueda parecer por engalanarse de juicios críticos, que entiendan el ejercicio de la democracia, pues huyen y rompen aquel espacio donde verdaderamente cobra sentido el trabajo y la participación política: esos grupos o comunidades en los que, como ciudadanos en medios de los ciudadanos, hay que aportar el saber, ejercer la crítica y disponer los esfuerzos y el querer hacia lo que es verdaderamente importante. Son personas que no aceptan los acuerdos pactados ni el lugar en el que, naturalmente, tendrían que estar para trabajar por aquello que dicen querer. Son personas que no muestran el agradecimiento hacia los que están ahí de manera más silenciosa, y que tampoco respetan el lugar donde sus cuitas tendrían que ser dichas, compartidas y, por supuesto, discutidas. Son personas que, quizás, esperan alcanzar la gloria y el reconocimiento por los ciento cuarenta caracteres de un Tweet.