Estamos, ciertamente, en un momento interesante en la política andaluza. Andalucía, que tan a la cola va en tantas cosas, es al menos primera en ser el espacio político donde se pone a prueba la situación que ha emergido de la fractura del bipartidismo. Hemos de empezar a creer en que es posible alcanzar acuerdos políticos y crear espacios para los pactos; en definitiva, hemos de aprender a ir formando lo que Rawls llamó “cultura del consenso”. Esto implica, en primer lugar, que los partidos políticos tendrán que superar, de algún modo, su tradicional política del enfrentamiento y la justificación de sí mismos en la negación del otro y, en segundo lugar, que tendrán que diferenciar sus propias políticas de partido de las políticas de gobierno. Ambas cosas vendrán exigidas en virtud de la necesidad de llegar a acuerdos políticos, entre los cuales están los pactos de gobernabilidad. Y todo esto habrá que hacerlo atendiendo a la lectura que los representantes hagan de la voluntad de los representados, para lo cual, dicho sea de paso, no hay hermeneuta adecuadamente ejercitado.

Ahora bien, lo que hace especialmente interesante nuestro momento político no es esto sino el que los partidos tendrán qué decidir y hacer explícita y pública la motivación que les asiste para sentarse en la mesa del consenso mostrando sobre ella el juego de intereses que entran dentro de esta motivación: por ejemplo, si estos pertenecen al juego del mero cálculo del reparto de las cuotas de poder, o bien, a un mero, como diría Rawls, consenso para sobrevivir como partidos, o bien pertenecen a un interés por renovar el espacio político. Si esta última es la motivación entonces, quizás, haya pactos que tengan que posponerse, acuerdos que convenga no firmar y consensos que tengan que hacerse esperar. No resulta creíble, desde este punto de vista, que quien disolvió el parlamento y convocó elecciones atendiendo sólo a intereses personales, partidistas y electorales, ahora haga un llamamiento al ejercicio de la responsabilidad política para la gobernabilidad y use el derecho de ciudadanía de todos, ya está en manos de nuestros representantes, para volver a sentarse en el trono del reino. Todos sabemos que quien actuó de aquella manera no lo hará muy diferente si vuelve a contar con el apoyo necesario. Por ello, hay que discernir qué se pone en juego con el resultado de cada negociación, de cada acuerdo, de cada consenso,  sean  estos más o menos amplios en el tiempo, en la extensión de lo que abarcan y en la profundidad de lo que recojan. Y hay que aprender a ver lo que en cada paso se pierde y lo que en cada caso se gana, no ya para el propio partido político, sino para el interés ahora apremiante que tenemos de renovar las viejas formas de hacer política, esas formas en las que se han ocultado, con la anuencia al menos del partido que gobernaba, la corrupción y la degeneración del espacio político de nuestra democracia. Quizás dentro de la historia política de Andalucía, el tener que repetir unas elecciones no sería sino un mal menor que podría ser el principio, aunque se tratara sólo de un gesto, de lo que hace mucho tiempo tuvo que haber sido un final.