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Viena. Mil novecientos treinta y cinco. Husserl imparte una conferencia en el Círculo Cultural con el título “La filosofía en la crisis de la humanidad europea”. El título de la conferencia, contrariamente a lo que pudiera pensarse, anuncia algo sorprendente: la dilucidación del problema de la crisis que abate a Europa –recordemos que estamos en pleno auge del ascenso de los totalitarismos– se juega en el esclarecimiento mismo de la función y del sentido de la filosofía.

El viejo profesor judío, fundador de la fenomenología, que no cedió en su trabajo de análisis y clarificación de los fenómenos a la presión y urgencia de las cuestiones políticas, ensancha en esta conferencia el estudio de la fenomenología a la historia y a la política. La crisis es una enfermedad que se manifiesta y extiende por Europa cuyos agentes patógenos más serios son el naturalismo y el positivismo. Son ellos los que penetrando en las ciencias han debilitado lo que en otro tiempo fue el vigoroso cuerpo de la cultura europea. Las ciencias, como ramificaciones de la filosofía, representaron el mayor proyecto de autocomprensión de la humanidad y pudieron ser consideradas como la más específica creación espiritual de Europa. Pues bien, son estas ciencias, divididas en ciencias de la naturaleza y ciencias del espíritu, las que han entrado en crisis alejándose del papel que en otro tiempo tuvieron en la cultura. Bajo la concepción positivista de la ciencia todo fenómeno se reduce a un hecho, bajo la concepción naturalista todo hecho se reduce a un hecho natural. Que la crisis de las ciencias europeas tome la forma de una crisis de la humanidad significa que lo específicamente humano –el espíritu– ha sido expulsado de la consideración de la ciencia porque no puede ser considerado un hecho y, consecuentemente, tampoco un hecho natural. Las ciencias del espíritu son las que tienen por objeto de estudio los fenómenos humanos que son en sí mismos irreductibles a naturaleza.

La psicología pertenece a este tipo de ciencias y también la historia, la política y el derecho. Que sean ciencias del espíritu significa que el horizonte de su comprensión viene marcado por lo propio del espíritu humano: su inherente humanitas. Sin este horizonte las acciones de los hombres quedan incomprendidas en su fin último y pueden devenir en acciones instrumentales al servicio de una ciencia e ideología que puede construir y destruir la vida del espíritu. La vida humana, como vida que se desarrolla en instituciones sociales y políticas, sólo puede nacer, crecer y renovarse en comunidades espirituales. La familia, la nación y los órdenes políticos supranacionales son nombrados por Husserl como los tipos de comunidades espirituales donde se constituye la vida del yo y del nosotros.

Nuestra crisis ya no es la que Husserl anticipó antes de que Europa cayera en el abismo de los totalitarismos del siglo XX, ni la situación de nuestras ciencias es la misma que la que Husserl heredó del siglo XIX. Sin embargo, nosotros sabemos, al igual que lo supo él en su tiempo, que nuestra crisis hunde sus raíces en una muerte de aquello que tendría que animar, esto es, dar vida, a nuestras creaciones culturales e institucionales. Nada apunta tanto a esta muerte del espíritu como ese cansancio que abate al hombre de la calle y que alberga la falsa creencia de que ya nada puede hacerse. Husserl dijo en aquella conferencia que ese cansancio era el mayor peligro que amenazaba Europa. Cabe, hoy como entonces, que este espíritu cansado y moribundo yerre buscando un lugar para morir, pero cabe también que de la urgencia y de la necesidad de sanar a nuestras creaciones políticas, institucionales y culturales ese espíritu retome la empresa, alumbrada en Grecia, de dar a nuestra vida una vida nueva a la luz de la razón.

(Este artículo se ha publicado en el nº 8 de la Revista “Cuadernos de la Tarde” de la Universidad de Granada)