Etiquetas

, , , ,

Las imágenes de cientos de personas rodeando el Congreso ha traído a mi memoria esa otra imagen de miles de musulmanes dando vueltas alrededor de la Kaaba.  Nuestra vida democrática mira al Congreso como la vida religiosa de los musulmanes mira a la Meca.  Los actos de nuestra vida política, si quieren tener sentido democrático,  tienen que tener aquí, en este sacrosanto lugar,  su origen.  Nuestra acaudalada vida democrática fluye desde las fuentes del Congreso a los más alejados lugares de nuestro espacio político dando vida  y legitimidad a nuestras acciones. Así como los actos religiosos del musulmán tienen su mirada en la Meca, los actos del demócrata tienen su mirada en el Congreso,  y así  como los musulmanes del mundo peregrinan al menos una vez en su vida a la Meca, los demócratas “creyentes” deberían pasar al menos una vez por el Congreso.

Pero las manifestaciones del movimiento  25-S  rodeando y asediando el Congreso durante varias jornadas no ha sido la imagen de quienes entienden que las acciones políticas dimanan del Congreso sino de quienes han entendido que se ha abierto una brecha profunda entre el Congreso y la sociedad. El movimiento 25-S nos ha alertado de que se han desbordado los tranquilos cauces por donde discurría nuestra vida política y nos hecho ver que esta hondonada, que ha fracturado la sociedad civil y las instituciones democráticas, no se ha producido de forma natural sino por el trabajo desacertado de nuestra clase política. Ellos son los que han cavado la fosa que corta el caudal entre las principales estructuras del Estado y la sociedad civil. Por ello, a contracorriente, los participantes de este movimiento han peregrinado para “anunciar” que esa brecha, como en una mala película de catástrofes, se esta extendiendo en estos tiempos de crisis. Ya no creen que hoy por hoy  el Congreso sea fuente de legitimidad y, por contra, creen  que de su actividad  sólo brotan ya  aguas turbias que no pueden dar la vida que necesitamos en nuestra encrucijada política.

Las imágenes de los re-volucionarios intentando asaltar el Congreso y las imágenes duras de la policía intentando salvaguardar la Institución de las garras de los manifestantes cuestionan aquello que tan bien hay que custodiar dentro de ese espacio amurallado donde habita el legislativo. La democracia está fundada en una creencia con una fuerte carga metafísica, de tal manera que si la eliminamos no sólo se desploma el sistema político sino que, desde fuera,  su “estructura” puede resultar algo grotesco, como resulta grotesco para el no-creyente adorar la Piedra Negra que se desgajó de un meteorito.  Sin embargo, en el espacio sagrado de la Kaaba, para el creyente, tal piedra es símbolo de fe. Los musulmanes dan vueltas alrededor de la Kaaba esperando su momento para probar que su fe tiene un objeto. La Piedra Negra de nuestra democracia es la soberanía, y tal y como nos lo narra la teología política, su origen, como en la hierofánica piedra, no es mundano aunque su lugar  resida en el Congreso.  Podemos representarnos el concepto de soberanía como la roca sobre la que se levanta este monumento de la política moderna que llamamos Estado democrático. El concepto de soberanía participa de las características de la piedra santa: de un lado, si la soberanía se com-parte, se fractura, si se fractura se debilita, si se debilita se hace más fácil su fractura de tal manera que acabar disolviéndose como la roca en arena de mar; de otro, es objeto de fe, porque ha de creerse que existe algo así como la voluntad de un pueblo, que esa voluntad puede representarse, y que esa representación recae cabalmente  en aquellos que ocupan los escaños del Congreso.  Si no se respetara el principio de la soberanía y la posibilidad de su movimiento a través de la representación como si se tratase de algo sagrado o de una vieja creencia metafísica, entonces, simplemente, la democracia moderna perdería el fundamento que la sustenta.

Los manifestantes del 25-S  han declarado que la clase política ha colonizado las estructuras del Estado y que los políticos han hecho de las propias instituciones del Estado su cuartel de inverno para campear esta crisis. El lenguaje de la democracia moderna y sus creencias básicas sólo son para ellos fruto de una vana retórica que ya nada dice. Su lema es claro: “Ya no nos representan”. Han ido e irán,  no ya a manifestarse a las puertas del Congreso -no piden que se les atiendan ni piden entrar como invitados o parlamentarios- sino a con-centrarse a su alrededor y a presionar a quienes están dentro para expulsarlos del lugar que ocupan. A mí me sorprende siempre de estas manifestaciones el uso de los términos que se utilizan y la fe profunda que tienen los que son capaces de arriesgarse por algo tan general y metafísico como es el concepto de representación, y me sorprende sobre todo porque veo que participan de la misma fe de aquellos contra los que se manifiestan: ellos dicen que  los políticos no representan la sociedad ni la soberanía popular, pero ellos  mismos se arrogan la capacidad de representar esa soberanía; no creen en el sistema de representación, pero ellos mismos se saben representantes de algo más que de sí mismos, porque de ser sólo representantes de sí mismos y de aquella parte de la sociedad a la que dicen representar, entonces formarían un nuevo partido político y no asediarían la sede de la soberanía popular. Pero ello, se erigen -de ahí su revolución-  como representantes de todo el pueblo, y al igual que los políticos que habitan la Cámara, como representantes de la soberanía de  la nación.  De ahí brota el sentimiento de poder para pro-vocar una revolución. No quieren este sistema político, aborrecen del funcionamiento de esta democracia y quisieran, bajo los ecos de las revoluciones que dieron lugar, justamente, al nacimiento del Estado liberal y democrático, instaurar un nuevo orden político para este tiempo de crisis.  Persiguen un sueño, un sueño tan cargado de conceptos metafísicos como el falaz sistema que quisieran derribar; sin embargo, de ese sueño, poco modesto, que tiene pretensiones de totalidad, no sabemos que rostro de la democracia saldría, y no sabemos ni siquiera, si es verdaderamente revolucionario su movimiento, que nuevo o viejo orden político instauraría.

Sé, por mi querido amigo Rafa, que tan conocido se ha hecho ahora por estas luchas, que ellos de lo que verdaderamente desconfían es del concepto de representación y sé que apelan a un sistema político basado en un sistema asambleario de Consejos donde cada cuestión  puede plantearse, debatirse y votarse.  Cada vez que me ve por las calles de Granada  me invita a participar en sus asambleas para que pueda comprobar in situ esa otra manera de entender la democracia.  Aún no he ido, pero reconozco que hay algo de ellos que me llama la atención: esa fe, que naciendo de cierta ingenuidad, hace posible creer, desde un planteamiento simple de la política y del mundo contemporáneo, que las cosas de la política, como decían ya los clásicos, pertenecen al ámbito de lo que puede ser otra manera.  Sin embargo, desde los principios de la democracia constitucionalista cuesta aceptar que ese “poder ser de otra manera” tenga que darse mediante una revolución, porque es, justamente, el sistema de una democracia constitucional  es el que hace posible el que las cosas políticas puedan ser de otra manera  garantizando el orden de las libertades de todos.  La democracia constitucional es, como nos dice Rawls, más razonable. Pero, para el corazón del revolucionario,  la razonabilidad es demasiado estrecha para producir el cambio de sistema; por ello, los revolucionarios saltan a la fe donde sus cabezas dan vueltas alrededor de la idea de un mundo nuevo. Ahí, sin duda alguna, las cosas del entendimiento humano son más sencillas, fuera ya de conceptos metafísicos  como el de representación.