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El fantasma que ya corría por España, con el tiempo, ha llegado al Sur, a mi querida Andalucía. Este fantasma que se nos ha aparecido así, repentinamente, porque nadie lo había anunciado, aunque su aparición, desde el horizonte de nuestro tiempo, ya había sido prevista, se nos ha mostrado con un enorme afán de confundirnos y ofuscarnos.  En el totum revolutum  de las  relaciones entre políticas centrales y autonómicas, ha llegado la hora de poner el cascabel al gato y, he aquí,  que los astutos roedores andan a la gresca porque el felino, voraz e inquieto, no para de arañar. Cada una de las fases de las crisis, cada uno de los guarismos y de los recortes que la camada de los políticos van, paulatinamente, anunciando supone un nuevo revés para todos aquellos que, pese a la cerrazón de horizontes, miran el futuro sin miedo. Pero es tanto lo que se nos ha venido encima que, como apuntaba, nuestro tiempo parece ser  de fantasmas, genios malignos  y  roedores. Pero alejémonos del mito, de la metáfora y del lenguaje figurado, y demos una vuelta, es decir,  pongamos una reflexión en  esta  ofuscación ideológica que ha traído consigo los cortes y recortes de los diferentes gobiernos.  Como en otra entrada ya traté del tema de los recortes del Gobierno central a propósito de la derogación de los temarios de oposiciones para secundaria, partamos ahora del recién constituido  Gobierno de Andalucía.

Hay que decir, en primer lugar, que la Junta gobernó antes de las elecciones como si no hubiera crisis, negando de hecho la crisis y, como Comunidad autónoma, haciendo  oposición a las políticas del Gobierno central. Ciertamente, antes de las elecciones no sólo no había crisis sino que nuestro Gobierno autonómico se invistió guardián de las políticas sociales anti-crisis, políticas que un sector de la izquierda en Andalucía y fuera de Andalucía interpretó, más allá del contexto nacional de nuestro Estado, como una resistencia al propio sistema capitalista.  De hecho, la izquierda se presentó  en la campaña electoral como el último bastión del dañado Estado social en España. Esto explica, a mi entender, el inesperado resultado electoral en Andalucía. Digo “en parte”, porque,  junto a esto, hay que tener también en cuenta que un sector social de la derecha, que es liberal, no apoyó ni votó al PP,  porque  este partido, desde los primeros días en el que subió al poder, ya dio muestras de que no llevaría a cabo su propio programa electoral asfixiado, dice, por la deuda y los mercados. Un liberal puede entender muchas cosas, pero no puede transigir con un programa intervencionista en economía y con la subida de impuestos  sin tocar previamente  la abultada estructura del Estado.  Hubo mucha gente de esta derecha liberal que pronto se desencantó con el PP y no lo voto en las elecciones andaluzas.

Pero, para terminar de reconstruir este retablo preelectoral, falta por poner  aún  una imagen: la propia izquierda no creía que ganaría las elecciones -la corrupción parecía cercar el extenso campo de maniobra de la Junta de Andalucía-, por eso, antes de las elecciones, no hubo despecho por parte del Gobierno autonómico  en aumentar el gasto ni en hacer convocatorias de empleo que luego él no tendría que gestionar. Sin embargo,  ya se rumoreaba antes de las elecciones que, por ejemplo, el sistema sanitario y educativo andaluz no eran sostenibles, y que tanto si había cambio de Gobierno como si no, habría que hacer fuertes ajustes, sobre todo de personal. Sabemos que la cuestión principal no es  que el Gobierno central tenga  que imponer a las comunidades y a los ayuntamientos unas exigentes condiciones para reducir el déficit sino que, en el contexto de la crisis financiera, ni las comunidades autónomas ni los ayuntamientos ni el propio Estado son sostenibles si no pueden financiar su deuda, recaudar dinero para su gasto corriente y  tener crédito para las inversiones y proyectos.  Esto se sabe, pero en periodo electoral este  sencillo principio de  economía política para las administraciones públicas no se tiene en cuenta por parte de los partidos políticos. Por esta razón, pueden prometer, decir y convocar todo cuanto estimen oportuno para arañar unos cuantos votos. El paso por las urnas más que el día de la fiesta -o quizás de feria- de la democracia parece el experimento o la prueba que falsará, al modo popperiano, el contenido de las palabras en periodo electoral.

Estamos en crisis, y eso significa que  pocas cosas de las que antes eran posibles ahora lo son.  Nuestro camino de crecimiento se ha invertido: los distintos Gobiernos, sean del color que sean, ahora ya no parecen buscar otra solución para financiar el Estado que subir los impuestos, hacer recortes y reducir las inversiones a largo y corto plazo.   La alternativa de crecimiento  económico  y generación de  empleo cada vez se ve más lejos.  La crisis es un movimiento centrípeto que, espiralmente, frena, reduce y ahoga la fuerza de crecimiento económico.

Estamos en crisis económica, y, para mí, esto muestra, definitivamente, que el Estado social no puede mantenerse por imperativo ni por ideología sino que necesita de la financiación que viene del capitalismo y de los mercados. Tendremos el Estado social que podamos permitirnos y no otro; y muestra que, si queremos salir de la crisis, ya que parece que es improbable una reforma del sistema autonómico, las autonomías tienen que volver a tener una función más administrativa que política, una función  más de lealtad al Estado y a los principios jurídicos estatales que una función de oposición y chantaje. Pero,  en segundo lugar, muestra que las ideologías políticas fracasan   cuando éstas son más necesarias: ni la izquierda lleva políticas de izquierdas ni la derecha políticas de derechas en tiempos de  crisis. La primera, porque tiene que sucumbir al capitalismo y al mercado para mantener la financiación del Estado social;  la segunda, porque no puede aplicar sus políticas liberales en economía. Las ideologías ya no orientan la realidad económica, y el voto de los ciudadanos, ahora sobre todo contribuyentes, es un voto que, de facto, no es índice de una posición ideológica. Ya nadie podrá estar seguro de votar en el PSOE ni en IU a partidos de izquierdas ni de votar en el PP a un partido liberal de derechas. Nos faltaba la díscola Andalucía para cerciorarnos de que la crisis económica es también, entre otras, una crisis del lugar de las ideologías, que ahora, más que en los tiempos  donde la concepción de la ideología marxista estuvo viva, parecen tapar a los ciudadanos  la decisión que, en el mejor de los casos,  los astutos roedores, escondidos y  a salvo del  gato, ya sabían que tenían que tomar.