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A todos aquellos que han aprendido en la lectura el arte de respetar y
valorar opiniones e ideas contrarias a  las suyas, haciendo de este
ejercicio su peculiar forma de construir la democracia.
 

Leemos, y cuando leemos nos aproximamos a mundos que, sin ser nuestros, de alguna manera nos pertenecen. En la lectura descubrimos la posibilidad de ser nosotros mismos a través  de esos otros que no seremos, y, sin embargo,  este “pasar por otros” es una experiencia que enriquece nuestra vida y ensancha nuestros mundos. No somos los mismos antes y después  de leer: en la lectura, rompemos con nuestro mundo, nos olvidamos un poco de él  y nos precipitamos, como una aventura o una promesa, en esos otros mundos que, solapados, nos esperan entre las hojas de los libros.  Quien tiene el hábito de la lectura no vive sólo en un mundo y, por ello, tendrá muchas veces la honda impresión de carecer de una vida propia; pero, a cambio, tendrá la experiencia de llenar y tejer su mundo con la vida de aquellos otros que él fue y con los que convivió en el momento de leer. La voz del que lee habla desde la singularidad que da el haber sido atravesado por voces que no conocía.

La lectura se nos presenta  como un fenómeno ambivalente. Por una parte, parece la cosa más sencilla del mundo: nos entregamos a la lectura y, mientras nos olvidamos de nosotros mismos entretenidos en otros mundos y otras historias, nada nos parece más fácil que leer; pero, por otra, sabemos que aprender a leer no es fácil. Es más, podemos decir que,  a lo largo de nuestro camino de estudio y formación, no hacemos otra cosa que aprender a leer. Pero, ¿qué es leer? ¿Qué hacemos cuando leemos? No podemos profundizar en esta cuestión,  pero sí, al menos,  indicar que la lectura tiene mucho que ver, en nuestra tradición, con el arte y la ciencia del diálogo con los textos. Y es aquí donde el fenómeno de la lectura se nos vuelve complejo y difícil: aquellos textos que tienen peso en nuestra formación marcan para nosotros exigentes pautas para el diálogo. Y es, en esta exigencia, donde, a veces, sentimos que somos desplazados por un interlocutor que nos sobrepasa, que no llegamos a comprender, pero que, sin embargo, quisiéramos incluir, como una voz más, dentro de nosotros.   Podemos volver, sin agotar,  una y otra vez sobre los textos de nuestra tradición con la certeza de que guardan entre los recovecos de sus pliegues palabras que antes no habíamos oído.

La lectura es un ejercicio de encuentro de soledades que llenan nuestro mundo con horizontes de voces diferentes a las nuestras; voces que la mayor parte de las veces, se quedan susurrando, como ecos, cuando  la lectura ya está terminada. Para mí es un hecho que, quien no encuentra un lugar de soledad para dejar que esas otras voces puedan oírse, tiene seria dificultades para apreciar opiniones e ideas distintas de las suyas. La capacidad de leer es índice de la capacidad para atender, reconocer y valorar las opiniones e ideas que están más allá de nuestro mundo. En clase compruebo que el alumno que no sabe leer, quien no se para, por momentos, ante un texto, es, normalmente, quien rompe la norma, quien no tiene no tiene medida, y quien se comporta autoritariamente con sus compañeros. Parece que la madurez tiene que ver con la capacidad de albergar y dialogar con  lo que no somos y no pensamos.

Por esta razón, en esta España que vive de las heridas y de la oposición ideológicas decimonónicas; en esta España que conoció no hace tanto una Guerra civil; en esta España que se dio una Constitución que, al tiempo, se nos resquebraja; en esta España que no ha sellado de una vez y para siempre el pacto de reconciliación con ese cruento pasado; en esta España que vuelve a dividirse por unos y otros con acusaciones que recuerdan tiempos que  creímos pasado; en esta España que no ha aprendido a dialogar sino a descalificar; en esta España que muchos quieren de nuevo radicalizar en posturas antagónicas y extremas; en esta España que se desvanece al pensar, visceralmente, en política; en esta España que sufre ahora el envilecimiento de haber vivido de glorias que no le corresponden; en esta España que ha olvidado su historia de sufrimiento;  en esta España que vuelve al machaque y al yunque; en esta España y para esta España mucho me temo que sobran empecinamientos ideológicos y políticos y que faltan lecturas y exigentes diálogos.

Es tarde, y en esta cervantina noche, un Hidalgo viejo sueña en la ciudad de la Alhambra.  Cerca de él, su escudero duerme sobre un jergón de paja. Viven en mundos tan distintos que sus sueños, de noche, no se cruzan. Pero llegará la alborada y, prestos, volverán a enjaezar sus bestias para ponerse en camino. Me asombra, al tiempo que me llena de ternura, imaginar cómo se perderán en el horizonte de mi mirada, mientras, sencillamente, van platicando. El día se abrirá  con aventuras que uno y otro, ahora que duermen, no atinan  a soñar; pero, saben, sobradamente, que los caminos son la prueba para un diálogo que, en ocasiones, es torpe, y, en ocasiones, hábil y  lúcido. Sin embargo, según las entendederas de uno y otro, ese diálogo será siempre exigente de acuerdo con aquello que, juntos, están viviendo. En la ciudad de la Alhambra un pobre loco y su inocente acompañante construirán mañana, sin pretenderlo, una ciudad más  democrática.

Noche del día del libro del 2012.