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Podríamos afirmar que los cuerpos mueren cuando se corrompen, pero más acertada parece la afirmación inversa: los cuerpos muertos son los que se corrompen. Mientras hay vida no cabe  la corrupción; pero, una vez que el cuerpo muere, ya no podemos verlo sino precipitándose en la corrupción. La corrupción en los cuerpos naturales es un proceso irreversible: antes del proceso de descomposición, la muerte cierra el proceso de reversibilidad.  Pero, cuando se inicia la descomposición,  ya no hay vuelta atrás:  de lo que fue un  cuerpo vivo, sólo quedan huesos y cenizas. Antes de quedar convertidos en restos para los siglos, la carne, que es lo tiene vida, al descomponerse, despide ese característico hedor de putrefacción. No nos gusta la corrupción, por ello, enterramos los cuerpos, para así no ver y, sobre todo, no oler cómo  se pudren.

Son los cuerpos naturales aquellos que  se degradan, mueren, corrompen y pudren y, como señales de la vida que tuvieron, sólo nos quedan unos huesos, que, arremolinados bajo tierra, sin orden estructura, recuerdan nuestra propia muerte. La contemplación de los huesos, por otra parte, abre nuestra imaginación al fantasmagórico mundo de los que viven en la muerte: vampiros, fantasmas y zombis.

Los cuerpos naturales se corrompen inevitablemente porque su destino es la muerte, pero los cuerpos políticos no tienen porqué morir. Para ellos, cabe siempre la renovación  y la regeneración. Los cuerpos políticos pueden y deben regenerarse para no morir. La participación política es la acción mediante la cual insuflamos vida en los cuerpos políticos. Este es el único poder que tenemos los ciudadanos frente a las oligarquías de los partidos y a los mecanismos de perpetuación en el poder que tienen las fuerzas políticas. A veces, parece que gobernar es entrar, acomodarse y colonizar, mediante la fuerza política, esas estructuras del Estado que llamamos “administraciones”.  Las administraciones son las estructuras oseas que sostienen la vida del Estado; pero esta vida ha de ser animada, dirigida y controlada por los partidos  políticos. Es claro que la administración no agota el cuerpo del Estado y que, por ejemplo, el cuerpo funcionarial da estabilidad, orden, continuidad y, en algunos casos, sentido profesional a las estructuras del Estado. Pero,  son las fuerzas políticas las que, en su tarea de dar movimiento al cuerpo, ocupan las estructuras administrativas de tal manera que quedan dispuestas, en no pocas ocasiones, para que sirvan no ya al Estado y al bien común sino a los intereses particulares de los partidos políticos. La retórica del voto, de las urnas y de la democracia es lo que legitima que un partido político pueda tener la llave para abrir y cerrar el control de las administraciones públicas.

De los partidos políticos  duele esa lucha encarnizada que se produce en los aparatos de sus organismos para colocar a los suyos dentro de la administración. Son la gente de partido que paga con su servilismo la prebenda de un lugar destacado en la estructura del cuerpo del Estado. Son serviles porque, o bien no están ahí por méritos propios, o bien, muchos de ellos, han abandonado la independencia de su condición funcionarial. Lo hacen, no creyendo en las grandes ideas con que los partidos venden su imagen al pueblo, sino por su rentabilidad:  quien es cargo de una administración, y ha estado ahí cuando el partido lo necesitaba, tiene asegurado un cargo, casi de por vida, en la administración,  ya sea en la propia administración, en sus empresas públicas, creadas muchas veces ad hoc, o, en su caso, en empresas que reciben de la administración favores y subvenciones. Este tipo de políticas, donde se amalgaman y se entretejen los intereses privados con los públicos, los intereses de partido  con los intereses de gobierno de la administración, son las que de-generan  y des-componen el cuerpo de la administración del Estado. Cuando esto sucede de manera generalizada, entonces sólo podemos levantar acta de defunción del espacio político y dejar que  el cuerpo del  Estado sea devorado por la corrupción.

Dicen los que saben de estas cosas que la corrupción  no pasa factura en el momento de las elecciones, y esto, que es algo que sucede en los cuerpos políticos, no puede ser entendido por la razón, porque la razón rechaza lo que se descompone con el tiempo y se entrega a la búsqueda de lo eterno. Y, verdaderamente, no puede entenderse cómo lo que causa más daño al espacio político de una democracia sea lo que menos se tiene en cuenta a lo hora de votar, y no  se entiende que haya otras razones que pesen más que ésta en el momento más decisivo en el que podemos regenerar la vida política. No puede entenderse, sin embargo, se me ocurre una explicación: la corrupción no pasa factura entre los vivos, porque sólo se corrompe aquello que ya está muerto y enterrado y, los restos que se nos muestran del cuerpo corrupto, ya no nos recuerdan el hedor de la carne putrefacta sino  su debilidad.

Son los propios partidos políticos los que tienen en nómina un conjunto de enterradores para que evitemos oler la podedumbre de los cuerpos. De este trabajo de sepultureros poco sabemos, porque ellos también han franqueado los límites de la vida y, como los vampiros, los fantasmas y los zombis,  están más allá de la muerte. A veces, de ese otro mundo oscuro, que está fuera de la luz y de la ley, se nos aparecen, como espectros, seres que no han sido bien enterrados o sepultureros que, en vida,  han sido traicionados. Pero, en tanto que muertos que regresan, poco peso tienen ya en sus declaraciones para regenerar ese cuerpo político a la sombra del cual  han  vivido.

De mi memoria brota esta reflexión a raíz de los escándalos de corrupción que envejecen y aproximan  a nuestras instituciones políticas  a la muerte antes de haber madurado. Sobre la mesa de la cafetería en la que escribo, permanece, sin abrir, uno de los libros de quien mejor describió los fantasmagóricos lugares: Juan Carlos Onetti. Dejo, sin embargo, a mis lectores  la tarea de adivinar el título de este libro,  por si quisieran hojearlo en esta tanatopolítica semana de Pasión.