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Después de las elecciones, por unos días, el zapaterismo se nos antojó agua pasada. Sin embargo, hoy ya no estamos tan seguros. No sabemos si  en el “muchopsoeporhacer” las ideas de Zapatero tendrán un peso específico. Quizás  sería recomendable que  el Ex-presidente acelerara el curso de sus investigaciones y pudiera dar pronto a la prensa ese ensayo sobre ideas políticas que, según ha confesado, prefiere escribir antes que unas memorias políticas. Si las memorias vienen cuando uno se hace cargo del peso de la experiencia, el ensayo, aunque parta también de la experiencia,  propone una tentativa de camino que ha de recorrerse. Reconozco ante mis lectores que me encantaría ver como desgrana nuestro Ex-presidente sus ideas políticas, y me encantaría ver  qué valor le daría en la experiencia  a los errores cometidos. Quizás, a través de la escritura, rompa el círculo vacío de los pensamientos y las palabras y comience, oportunamente, el círculo de la reflexión y de la experiencia.   Como si de un comentario de texto se tratase habría que ver en ese ensayo el  uso de los términos, la definición de los conceptos, la selección de los hechos, los lugares comunes de los que parte en sus argumentaciones,  los valores sostenidos, el orden lógico de la disposición de las ideas, las notas a pié de página, las referencias a los clásicos, la inspiraciones del pensamiento jurídico, etc. ¿Citaría nuestro Ex-presidente , por ejemplo,  la Metafísica de la Costumbres de Kant si hablara del cosmopolitismo? ¿Esbozaría los argumentos de Habermas y los comunitaristas si hablara del republicanismo? ¿Haría referencia a Bobbio si entrara a discutir las relaciones entre democracia y liberalismo? ¿Retomaría el lucido planteamiento de Arendt al analizar la relación entre espacio público y  sociedad? ¿Habría referencias al Platón de las Leyes? ¿Buscaría un lugar a sus propias ideas dentro del marxismo analítico?  ¿Se aproximaría, quizás,  a Castoriadis y a la tesis de que todo orden social es simbólico e instituido? ¿Podríamos leer alguna cita en ese ensayo de la extraordinaria Simone Weil?  Si, como se ha dicho, representa un socialismo postmoderno, ¿con qué autores justificaría su propia posición política?  ¿Acaso retomaría en su análisis de la sociedad la teoría sistémica de Luhmann? ¿O, quizás,  retomaría el lenguaje de la de-construcción de Jean-Luc Nancy?

     Cuando escribí mi anterior entrada nada sabía  de las ricas memorias que nuestro Ex-presidiente guardaba, según ha visto Lara, ni del conato de escribir un ensayo para  perseverar en su ser-político.  Por aquel entonces yo sólo pude hablar de Lakoff y de la lingüística, quedando pendiente una tarea o reflexión que he ido posponiendo día tras día. No es fácil anticipar el marco de las ideas de lo que habrá de ser un ensayo, seguramente, complejo en su estructura, riguroso en su argumentación y profundo en sus planteamientos. Mi idea fue simplemente sugerir cómo, independientemente de la ocasionalidad del encuentro de  ZP con Lakoff, el pensamiento de nuestro Ex-presidente, en  los largos  años de su (des)gobierno, muchas veces me habían hecho recordar las ideas del lingüista chomskyano. En mi entrada anterior, después de una  larga introducción, hablé de la teoría del marco de Lakoff y dejé anunciado, una entrega para la cuestión de las imágenes. Sólo quiero que mis lectores tengan presente ahora que, según Lakoff, quien define el marco para los discursos políticos tiene asegurado su éxito independientemente de la verdad de lo que dice en esos discursos, y que esta idea, referida al marco, ha de completarse con esta otra: pensar, lo que se dice pensar, al menos en política, es cuestión de imágenes. Vamos ahora a esbozar esta segunda idea.

     Las imágenes se introducen dentro de los discursos políticos y son esas imágenes las que gravitan en el sujeto político-de-un-estado-democrático-de-derecho, es decir, en  el pueblo: ese conjunto de individuos, más o menos atomizados, que una vez agotado el dinero y/o el tiempo del Político es con-vocado e incluso vociferado por los partidos para que entregue su voto  a esas  tumbas vigiladas que llamamos urnas. El día más grande de la democracia es sólo el día donde unas cuantas imágenes, pululando  de cabeza en cabeza y vigiladas por comisarios políticos, deciden los cambios de gobierno.

     Para otros Zapatero habrá sido otras muchas cosas, pero para mí ha sido el Presidente que nos ha mostrado su poder no en el gobierno de las cosas sino en el juego de las palabras. Y no porque hablara como si las palabras fueran humo y se las llevara el viento, ni  porque sus palabras tomaran, con ligereza, el camino para acomodarse a cada uno de los lugares donde eran dichas, sino porque quiso trastornar  los nombres de las cosas con el fin de embarrar unas cuantas ideas políticas. Cuando uno lee Naming and necessity de Kripke, y uno sabe que Kripke es judío, se aprecia que el hecho de dar nombre a las cosas no es cuestión baladí ni algo que está sometido al albur de las  decisiones humanas. En el nombrar se crea un vínculo de necesidad con las cosas que se nombran. Nuestro Ex-presidente, fuera del compromiso del lenguaje con la realidad, adoptó la idea de  que nuestras palabras son flatus vocis  sin reconocer el peso que estás tienen para fijar o definir  la realidad. De esta manera, en muchas ocasiones, lo vimos lanzarse, como un dios o un niño, a renombrar  las cosas para las que ya había un nombre.  Basta con pensar un poco para que los ejemplos acudan de nuestra memoria.

     Pero mi idea de traer a colación estas cuestiones  es que esto no se hizo por capricho ni por desafiar la más elemental de las funciones de la semántica sino, justamente, porque con ello quiso abrir un espacio para dejar caer unas cuantas imágenes políticas, imágenes seductoras para cuantas almas bellas de nuestro tiempo, de buena fe, quisieron hacer su revolución política. Sí, la cuestión no era crear  imágenes simplemente para hacer uso de un poder que está prohibido para la libertad de cada  hombre  sino para que quedaran ahí,  como  nubladas figuras,  en el horizonte que aguarda las decisiones políticas. Estas imágenes recorren su arco político desde el principio al fin, de tal manera que podemos decir que si por una y con una imagen entró el zapaterismo a la vida política,  por otra y con otra salió de ella.  Entre la imagen alfa y la imagen omega podrían desgranarse la mayoría de los discursos políticos del zapaterismo.

     Aquellas primeras imágenes, como el lector sospechará, fueron las asociadas al atentado del 11-M: la retirada de las tropas de Irak y  el retorno a la verdad en la vida política puede servirnos de ejemplo,  las últimas, las asociadas al término “crisis”. Detengámonos, para ejemplificar la tesis de Lakoff en esta última y dejemos, para cuando tengamos en mano la obra de pensamiento político de Zapatero, las primeras.  Recuerdo, perfectamente, que poco después de empezar la segunda legislatura el gobierno seguía negando que hubiera crisis. Había que desterrar por todos los medios de los discursos políticos las imágenes que iban asociadas a esta palabra. El gobierno hablaba entonces de “desaceleración”. El término “desaceleración”  introduce otra imagen muy distinta a la del término “crisis”. Al término “crisis”, como bien saben quienes han leído a Baltasar Gracián, va  asociada la imagen de la ruptura, la imagen de algo de lo que se puede o no salir, la imagen de lo que se puede o no superar, la imagen de lo que, en definitiva, nos puede hundir.  Las crisis son brechas que dividen  y hondonadas en las que caemos.  Por esto, en la crisis se halla la muerte o el crecimiento. Sucede así en las crisis personales y, de la misma manera, en las crisis políticas y económicas. Reconocer entonces, en una campaña electoral y en los primeros meses de una legislatura, la crisis era tanto como reconocer que  nos esperaba primero la muerte y luego, quizás, la renovación y la vida. Pero, después de Hegel, ya nadie puede asegurar que la muerte se renueve necesariamente en una nueva forma de vida. No. De una crisis se puede o no salir y, por ello, justamente, hay que hablar de crisis.  La crisis, lo vemos todos los días, son agujeros por donde se pierden  las vidas.  En cambio, el término “desaceleración” es el opuesto al de “aceleración”. Decir que la economía se ha “desacelerado” es dar a entender que puede acelerarse de nuevo. “Acelerar” y “desacelerar”, en oposición a “crisis”,  no implica brecha ni ruptura alguna.  El uso metafórico de esta palabra va asociada a lo que hacemos cuando vamos en el coche: aceleramos  y desaceleramos. La economía, bajo esta imagen, es algo que funciona como un vehículo, es decir, mecánicamente.  De hecho se habla, siguiendo esta metáfora, por ejemplo,  de “motor” de la economía.  El que piensa en términos de “aceleración” y “desaceleración” piensa que la economía es algo que va y viene, es como un vehículo cuyo motor  puede desacelerarse hasta llegar al ralentí  para luego, poco a poco, emprender los giros o revoluciones de la aceleración. El término “aceleración” habla del movimiento de la economía como una máquina, el término “crisis” como un movimiento de vida y de muerte.

      Pero, casi cinco millones de parados que viven en sus carnes y en las de sus familias el movimiento de la economía han hecho que aquel hablar de la economía en términos funcionalistas rápidamente fuera un discurso que cayera, valga la expresión, en crisis y, de hecho, ya casi nadie se acuerda de aquellas cuestiones terminológicas.  A quien empieza a experimentar su muerte, ya sea laboral, familiar, social, a quien está experimentando que el horizonte, ese en el que otros ven nubes con las que hacer juegos de palabras, se cierra ante su propia vista, a quien está  en el tren de cola o el que simplemente ha perdido su tren de vida –guarda mi retina la imagen de una persona que tuvo grandes ingresos, una gran vida social y que terminó haciendo cursos para parados y recibiendo los 400 euros– digo que, para esos, ya no se le puede hablar simplemente de la economía como si fuera un mecano en el que basta recomponer o sustituir algunas de sus desajustadas piezas para que la maquinaria siga funcionando.  Más bien, en una situación de crisis hay que hablar de la economía como si de un organismo vivo se tratase, un organismo que respira y que se puede asfixiar. Entonces, bajo esta metáfora se entiende que haya que salir en su auxilio y tomar medidas ante los síntomas de su cansancio. Las angustias que provocan la asfixia vienen de una economía cuyos activos ya no pueden hacer frente al gasto, obligaciones o pasivos. Estos últimos representan un peso que arrastra la iniciativa de los primeros.  Y, aquí, entre angustias, es cuando se abre  la brecha de la crisis a la que corresponde el discurso  de la salud. Entonces se entienden, perfectamente, que haya que  apretarse el cinturón al sentir que la cosa viene ajustada, que haya  que adelgazar la administración, que el gasto público tenga que perder peso para que las empresas ganen  un poco de oxígeno, etc. El hijo más mimado de nuestro Estado, el Estado de bienestar confundido con el   “bienestar ” de los que viven del Estado, se nos ha vuelto demasiado orondo y hay que ponerlo a dieta. El hambre de unos reclama la dieta de otros. Otra cuestión, que ya analizaremos en otra ocasión, es si los responsables de poner dietas se atreven a prescribirlas para aquellos que más consumen y menos aportan.

     Bien. Baste con lo dicho. Hemos ido ya demasiado lejos. En esta entrada, ya prometida a finales de año, sólo he querido mostrar con un ejemplo cómo, tomando como referencia a Lakoff, funcionan las imágenes dentro de los discursos políticos. Queda pendiente el análisis más en profundidad de este tema cuando nuestro Ex-presidente publique ese ensayo y, entonces,  nosotros más atentos a lo que no dirá que a lo que justificará volveremos a hablar de  los  trasuntos de las palabras y las metáforas en las imágenes políticas. Guardemos, por tanto, este esbozo en una de las paredes de nuestro club hasta que dispongamos  en ese ensayo de más imágenes de nuestro Ex-presidente, imágenes que habrá que acomodar aunque ya sean agua pasada  en los discursos en la pinacoteca  de nuestro club. Esperemos  que su vanidad al escribir nos dé a nosotros  una oportunidad  para hacerlo retratar.