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Pensé que para alojar mis pensamientos en este blog tendría que convertirme en un “hombre periódico”. Llamo “hombre periódico”  no sólo a aquel que se somete a una disciplina con regularidad sino a aquel que encontraría el índice de la realidad para sus pensamientos en la lectura de los periódicos. Pero, como tantas otras cosas en la vida, esta primera exigencia se ha ido desvaneciendo.  ¿Por qué? ¿Acaso -se preguntarán mis lectores- ha desistido de querer ver la realidad a través de la prensa? ¿Acaso se ha cansado, casi antes de empezar, de cruzar las noticias en los diferentes periódicos para llegar a tener mínimamente un juicio equilibrado sobre nuestra realidad más próxima? ¿Acaso puede aportarse algo a este Club sin convertirse uno en un “hombre periódico”? Diré , en primer lugar, que  la respuesta a estas preguntas ha de ser negativa: ni podemos prescindir de la prensa ni podemos confiar que las diversas lecturas de la misma arroje sobre nosotros un juicio equilibrado. Pero esto es harina para otro costal cuyo grano habrá que triturar en los molinos de otros vientos. Ahora me basta con decir a mis lectores que no he tenido que enterrarme en la lectura de la prensa para escribir esta entrada ya que la realidad misma se ha presentado con la suficiente vida como para tener que ocuparme de ella  en mis pensamientos. La propia realidad social y política más inmediata ha repartido sus papales a modo de artículos, editoriales, columnas y publicidad, dando un motivo de análisis al pensamiento. Y son  papeles, y realidades sociales, laborales y políticas, lo que quiero  compartir con mis lectores.

Solo, solo se queda uno, y por tanto en minoría,  cuando cree defender aquello que para el espacio público denominó Rawls como lo razonable.  La  Ley de Medidas Extraordinarias de Sostenibilidad de las Finanzas Públicas  ha  traído la convulsión del espacio político en Murcia. Esas medidas extraordinarias se han concretado,  por ejemplo, en una bajada de  sueldo a los  funcionarios y, así mismo, en un recorte de sus derechos sociales. (Concretar qué son “derechos sociales” aquí es también harina de un costal que ahora no voy a abrir).  Como bien  saben mis lectores no ha sido la primera rebaja de sus condiciones laborales sino que ya el Gobierno Central, entre otras “medidas” para salir de la situación de bancarrota del Estado, cargó sobre los funcionarios y sus derechos laborales, porque, velis nolis, son un gravamen ahora demasiado costoso para el Estado y la riqueza de sus  administraciones. Inopidamente, el número creciente de  trabajadores dependientes del sector público no es sostenible con el adelgacimiento del sector privado. El paro, junto a otros problemas,  ha traído consigo que la caja de las finanzas públicas haya tenido que abrirse a los  mercados internacionales  para dar continuidad al funcionamiento del Estado bajo el oneroso peso de una deuda que cada vez cuesta más trabajo refinanciar. Ya no nos alegramos con  reducir la deuda pública -y también  privada-  sino  sólo poder colocarla de nuevo en los mercados. Es una manera de mantenernos con vida mientras preparamos con cierto alborozo los nudos de la cuerda que nos dará muerte. Y el problema para nuestra querida España se complica, a diferencia de otros países  de la UE,  por el actual sistema de financiación de nuestro descentrado  sistema de autonomías. Con la abundancia del trabajo y de los cotizantes había suficientemente dinero no sólo para el derroche sino también para unas políticas de inversión y de financiación que se podían mantener mientras seguían creciendo los abonos a la caja del Estado. Las diferentes administraciones tuvieron la misma actitud para el gasto y la trampa que aquellos  pequeños inversores, como por ejemplo los que hipotecaron casas por valor de 30 y 40 años, para los cuales el futuro de su situación económica como mal menor se mantendría en las constantes del momento de la inversión. Entonces no se pensaba, no formaba parte de nuestra cultura económica, que las cosas  no sólo no vendrían a mejor sino que irían de mal en peor.

Pero esta situación  llegó como llegan los invitados no queridos: demasiado inesperadamente.  Y el Gobierno, cuando ya se oía el ruido de la comitiva que lo acompañaba, prefirió quedarse encerrado en su casa, cerrando   la cancela a la visita y tapándose los ojos para no oír nada, mientras, taumatúrgicamente, se  repetía así mismo y, por tanto, a nosotros, que las cosas volverían a ir mañana, pasado mañana, acaso el mes que viene, de bien en mejor. Pero la entendida y buena economía sólo entiende de palabras sinceras y de hechos cuerdos.  Ahora estamos en un querer y no poder recuperar aquel tiempo donde hubiéramos tenido que hacer mudanzas y reformas a nuestra casa, que en pleno invierno, ya no puede aguantar lo inclemente que es nuestro tiempo.

Por ello, ahora, estamos en un querer y no poder controlar las malas gestiones de los gobiernos en sus diferentes administraciones. Y todos, funcionarios o no funcionarios,  estamos viendo como, paulatinamente, mientras se  desmaya nuestra nación, según el buen criterio de Adam Smith -si la riqueza de una nación es la riqueza de sus ciudadanos, su depauperación  es también la depauperación de la  nación misma- ,estamos viendo, digo, como el Estado devora económicamente, como en las pinturas negras de Goya, a sus propios hijos. Y lo hace bajo el sarcasmo de pedir esfuerzos particulares y especiales  a quienes ya ha arrebatado parte de  su dinero mediante impuestos directos e indirectos. Se me dirá que ello es para mantener el Estado social, pero eso deja de ser creíble cuando uno ve los intereses de la deuda que hay que pagar, las inyecciones de dinero  al sistema financiero, como la que se avecina ahora con la necesaria reforma bancaria de las cajas, y, al mismo tiempo, uno  observa como  se ha desprotegido totalmente a los personas más vulnerables de nuestra sociedad mientras sigue invirtiéndose dinero en gastos superfluos que son una ofensa clamorosa  a la paupérrima situación de tantas y tantas personas. ¿Era tan necesario que el gobierno de Murcia, por ejemplo,  invirtiera en  Fórmula 1? ¿Era tan necesario la utilización de   traductores  en el Senado?  Hoy por hoy, quienes se entregan a dar respuesta a las  primeras necesidades sociales siguen siendo, como antaño, como cuando no había estado social, instituciones como las de la Iglesia. Es una ofensa moral tan grave  a los miles de parados que no hay justificación alguna para gastos como los señalados en los ejemplos anteriores.

Mientras esta situación se dibujaba , muchos funcionarios y trabajadores de la administración pensaban que  la crisis no iría a por ellos.Pero no era posible que, de alguna manera, el  Estado y su obesidad,  que ha sido una  de las causas de la actual enfermedad económica, no acabara pasando a sus trabajadores parte del recibo del coste de su deuda, para, entre otras cosas, mostrarlo  como expiación a la queja profunda y hambrienta del resto de la sociedad civil. Lo queramos o no, los funcionarios como cualquier administración o empresa pública, viven gracias a aquellos que con sus impuestos financian el funcionamiento del Estado. De ahí, que la defensa de sus intereses tendría que pasar también por la defensa del  resto de intereses de la sociedad civil que afanándose  por sacar adelante sus empresas sacan también las suyas. A los derechos laborales, como derechos que son, habría que aplicarles el mismo criterio que Kant exigía para definir el derecho:  el derecho, para el pensador de Könisberg,  era el conjunto de condiciones que hacía posible  que las libertades de unos pudieran conciliarse con la libertades de todos según una ley común de libertad. Lo difícil es entender que los derechos  de unos tienen que ser compatibles con los derechos de todos,  porque la  libertad es aquello que se gana o se pierde no en el terreno de los intereses particulares sino en el terreno de lo común, cuando lo común se legisla, a su vez, según la ley  moral.  Sólo desde esta perspectiva es desde donde cabe dar la mayor legitimidad  a la defensa de cualquier interés o derecho.

En pocos párrafos, imagino que habría que pedir una disculpa por ello, hemos pasado de la consideración de una ley para atajar la situación de déficit de una comunidad autónoma a la consideración de la moralidad kantiana. Pero tengo que decir a mis lectores que tenía que llevar mi reflexión precipitadamente hasta aquí para poder situar, justamente, lo que acontece en mi reflexión durante estas convulsas semanas de manifestaciones en la calles y de cierto ambiente “pre-revolucionario” contra las medidas del Gobierno regional de Murcia.  De pronto, los miles de dormidos trabajadores de la Administración  han despertado de su letargo y han sido convocados y convocantes a iniciar contra-medidas a esa ley aprobada en la víspera de  Navidad.

Y, para mí,  es necesario ir de la ley de sostenibilidad de las finanzas públicas  al factum de la moralidad porque  también he de decir que  soy un funcionario de esta administración y, por tanto,  tengo también mis intereses en ella, y quiero, como cualquier trabajador, defender mis derechos laborales. Sin embargo, la responsabilidad que tengo con el pensamiento me obliga, aunque pudiera estar equivocado, a intentar espigar mis intereses  y mis derechos con la mayor imparcialidad posible, y esto es algo que sólo se puede hacer cuando se reflexiona en soledad bajo la guía de la ley moral, porque es, justamente, cuando nos situamos bajo su perspectiva cuando alcanzamos la perspectiva de los otros, no sólo del otro que tengo junto, frente y lejos de mí sino de ese otro que podría ser cualquier  otro.  Y es aquí, en esta pugna de intereses, de derechos y de moralidad, cuando podemos preguntarnos qué pasa cuando en el espacio público se subvierten las distintas esferas de acción amparándose en que sólo así se logra  una defensa eficaz  de intereses y derechos, y también qué pasa cuando  la esfera de acción política  ocupa otra que no lo es en principio, como, por ejemplo,  la esfera laboral de los funcionarios. Para decirlo no a la manera weberiana: ¿qué sucede cuando se hacen de los centros de trabajo un lugar para hacer política, un lugar y un espacio político? ¿Es legítimo hacerlo? ¿Hay límites? Es ahora, en la complejidad de esta realidad  cuando se nos impone la necesidad de la reflexión, realidad  que ha llegado a nosotros, a mí y  a mis lectores, sin necesidad de convertirme en un “hombre periódico”, cuyo, primer sentido, por cierto,  se rompió ya  al posponer esta entrada más allá del tiempo en el que estaba prevista.