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Es tiempo navideño. Y, quizás, por ello mis lectores habrán tenido que confiar en que  estas entradas no son un verbo malévolo que he conjugado para ellos. Pero, de entrada a entrada, parecían que estaban dispuestos todos los signos para  pensar en un juego diabólico: sin hacerles todavía partícipes de la pregunta que motivó estas palabras anuncié privarles del lógos o discurso y dejarlos estrictamente en el Pró-logo. Pero aquella confianza que da la bondad mi hizo superar ese malévolo pensamiento y desarrollé el discurso que precedió a la pregunta que no hice. Pero, después, la secreta disposición que anima la vinculación entre mi blog y la página principal, y que solo un Webmaster conoce, hizo que aquellos que  trazaran este camino para leer mi anterior entrada se encontraran con la malévola sorpresa de verse otra vez, en la primera entrada,  es decir, en la puerta del lógos. De este modo es como, en tiempo navideño, lo que parece un error nos hace pensar en una intencionalidad oculta  tras  la secreta organización de las páginas de este nuevo  mundo moderno.

Pero no quiero que el camino de la  secreta articulación del lógos, y que podría llevarnos a una versión renovada del clásico argumento  fisicoteológico, como lo llamara Kant, en una especie de “argumento virtualteológico” y que tendría su origen en el Prólogo de todo prólogo teológico -la reflexión joánico en torno al Lógos–  nos retire la atención del mundo griego que es donde, desde el principio, dispusimos nuestras palabras para interrogar el discurso de la profesora Celia Amorós. No es casual ni azaroso encontrar en el texto de Anaximandro -el texto que inaugura nuestra tradición filosófica- una veta de ilustración. Creo que no habría problema en hablar de una ilustración griega, y si esto es así, sin duda, el fragmento del Anaximandro tendría que colocarse en el frontispicio de este movimiento de la razón. Ciertamente, la pregunta por el arché es la pregunta por la razón desde la propia razón, algo que como sabemos, será la tarea de la madura ilustración de Kant. Pero aquí, en los inicios de la filosofía,  siendo la filosofía el ejercicio de la razón, tenía que haber ya un movimiento ilustrado, un movimiento de la razón por clarificarse a sí misma. Y así  se reconoce, por ejemplo, en   La crisis de las ciencias europeas de Husserl o en La dialéctica de la ilustración de Adorno y Horkheimer. Ahora bien, lo que nos enseñó Kant es que la pregunta por la razón, lleva pareja una pregunta por el alcance de la razón, por los límites de la razón, y, justamente, la cuestión de los límites es lo que nos puso de manifiesto el fragmento de Anaximandro, claro está que no al modo moderno y kantiano sino al modo griego que reflexionó en torno a los límites desde  la oposición entre lo  limitado (péras) y lo ilimitado (ápeiron).  Por ello, ese principio dialéctico lo que nos viene a enseñar es que lo limitado tiene que tener un principio que lo delimite que, a su vez, no puede ser limitado sino i-limitado, que lo determinado requiere de un principio de determinación, y como diríamos en un lenguaje ya no griego sino moderno,   y que lo constituido  requiere de un principio constituyente. Y aquí en esta oposición radica el poder de la crítica que no es otra cosa que el poder del juicio, que es la facultad y el término de la actividad de la razón.

Y es la razón, y el orden al que ella apunta que está más allá de lo dado, de lo delimitado, de lo determinado, de lo constituido, lo que sirve de base y justifica el juicio que emite la razón acerca de lo que encuentra en el mundo y que se mostraría como definitivo si no tuviera el poder de ir más allá de lo dado hacia el orden que pro-pone la propia razón. Sin el poder de trascendencia de la razón los puros hechos nos resultarían insalvables e incluso  el orden constituido no  sólo se confundiría con el orden constituyente sino que se arruinaría como orden, porque los hechos en sí mismos, no tienen más orden que el que les infunde el orden de la razón. Fue  Kant el que  reconociendo los límites de la razón para establecer el orden natural y teórico del mundo, abrió el mundo moral a otro orden i-limitado en el tiempo.  Esta escisión entre un orden y otro bien podría entenderse como la escisión entre el lugar para el orden  en la filosofía del pensamiento antiguo y  su lugar en la filosofía moderna. Y este orden  que ya se aprecia  en la sentencia más antigua del pensamiento occidental, como dice Heidegger al comienzo de su trabajo sobre Anaximadro, se extiende hasta los confines mismos de la filosofía crítica habermasiana, sólo que ahora ese orden buscado  ya no es el orden de la physis ni del mundo moral nouménico sino el lenguaje. No podemos profundizar más pero para nuestra pregunta basta con afirmar que el pensamiento crítico y emancipatorio ha presupuesto y presupone, sin duda alguna, un orden de la razón, un orden que determina la razón. Y  este  orden sigue dando  valor a la tarea de hacer filosofía, pues es la filosofía donde se mantienen la diferencia y la distancia  entre la “forma” y el “orden” que tienen las cosas en  nuestro mundo y la forma y el orden que determina la razón, y que luego en su ejercicio se concreta en valores como la justicia. (Como se sabe el valor de la justicia abre un arco que va desde la sentencia de Anaximandro hasta las contemporáneas teorías de la justicia de Rawls y Amartya Sen). Grosso modo, la justicia es aquello que deteminado por la razón permite el ajuste entre lo dado y constituido y el orden pro-puesto por la propia razón, y, por ello, la razón teniendo  el poder de marcar lo limitado como limitado  abre el mundo más allá de sus presentes  límites constituidos hacia la constitución de la justicia. Y, entre uno y otro, entre lo dado y la realización del  valor de la justicia, media el derecho y la ley que pretenden ser la institucionalización de esos valores en el mundo dado, lo cual es posible porque dicha institucionalización no es simplemente positiva sino también  normativa, o mejor, dicho, su positividad es resultado de su normatividad.   De aquí surgen múltiples tensiones y en las relaciones entre la razón, lo dado, la justicia, el derecho y la constitución, que podría definirse como el modo que ha instituido el derecho para vertebrar esas relaciones- pueden rastrearse la mayor parte de los problemas del orden de las sociedades políticas.

Por ello, mi pregunta profesora Cecia Amorós es muy sencilla: si mi manera de ver esto no es del todo errada me pregunto -toda verdadera pregunta es un interrogarse, por ello, puedo hacerme y hacerle  esta pregunta ahora cuando los recuerdos del contexto donde surgió empiezan a difuminarse- si ese orden de la razón, que, en definitiva, es la raíz de toda   propuesta crítica ilustrada y lo que hace posible los procesos críticos/reflexivos,  no pertenece  en definitiva a nuestra tradición cultural en la medida y solo en la medida  en que más que nuestra tradición cultural, nuestro patrimonio cultural viene determinado, como ya apuntara Husserl, no tanto por nuestra cultura de hecho sino por la idea de una verdadera cultura que es aquella que señala el orden de la razón.  Esta  cultura,  que yo me siento pertenecer,  es una cultura aún no conformada, aún no, propiamente, hecha,  que  viene señalada en el tiempo por un  télos, por  una  finalidad de la propia razón. Y esto que puede empezar a verse en la sentencia de Anaximandro, se extiende también allí donde  se ha querido hacer presente la razón, las luces o la ilustración. También, por supuesto,  en  la filosofía de Averroes, de Avicena, de Al-Farabi y tantos otros filósofos que orientaron su pensamiento, siguiendo a los clásicos, desde el orden de la razón y no desde sus inmediatos y mediados contextos culturales.  Por tanto, me pregunto si las cosas no son al contrario de como usted las plantea: que se den procesos críticos en otras culturas no depende del hecho de que los filósofos en cuestión pertenezcan a otras culturas sino al hecho de que siendo filósofos pertenecieron e ingresaron en la cultura de la idea de cultura, en la cultura, de la finalidad, como diría Aristóteles, o de los fines, como diría Kant, de la razón. Y eso fue lo que hizo posible sus actitudes críticas y sus propuestas emancipatorias.  Como puede apreciar, estimada profesora, mi pregunta se basa en una diferencia fundamental: la diferencia entre las culturas de hecho y la cultura que podríamos llamar filosófica. Si establecemos esta diferencia entonces tenemos que evitar caer en el espejismo de reducir la filosofía a una simple cultura  de hecho como, si, por otra parte, aquello que fuese una cultura  de hecho fuera algo  más claro que la idea la cultura que propone la filosofía históricamente desde su primera sentencia.

Por ello, y para terminar ya esta reflexión,  le preguntaría  si la búsqueda de  vetas de ilustración en las minas de otras culturas no nos llevaría a través de galerías y bocaminas a esa primera cavernosa mina que Platón nos dibujó en  la República. Mucho me temo que aquellos que busquen vetas de ilustración, de razón,  en otras culturas se encuentren explotando, de nuevo, la mina en la que ya trabajó Platón en busca de la luz que les traerá el conocimiento y la emancipación de las sombras.

Y ahora ya sólo me quedar  agradecer  a usted  profesora por dejarme la inquietud de una pregunta filosófica y, también,  agradecer a mis pocos lectores, no sólo porque en la esperanza de ser leído han hecho que mi pregunta saliera de la oscuridad que ahogó mi pensamiento por unos instantes, no sólo porque ellos en el acto de leer ponen en marcha el más importante medio de emancipación, como defendieron los ilustrados, sino porque ahora ya puedo yo abandonarles mi pregunta y mis reflexiones para irme contento y sin pesar a celebrar el fin de año.  Y baste esta última alusión y aquellas  primeras de esta entrada en torno al fundamento de un orden, y que me llevó a dejarles caer la importancia para este orden de cosas del  Prólogo de San Juan para felicitarles el tiempo de Navidad en su doble consideración: como fin de un tiempo y como nacimiento de otro diferente.

                                                                                                                                                                                         31 de Diciembre del 2010