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Mi mano siguió apuntando al cielo mientras la intencionalidad de mi alma se estrellaba inexorablemente en otro incumplimiento. Que la mano apunte hacia arriba quiere decir que una idea o pensamiento pugna por salir del hogar materno para pasearse por el mundo. Pero no como quien sale  de paseo en día de fiesta  sino como quien busca trabajo en el mundo. Ya sabemos que las herramientas de trabajo para el mundo son en filosofía las preguntas. No las aclaraciones, ni los comentarios personales ni las alusiones, ni las críticas que son cambios de perspectivas sino, simplemente, esas  preguntas que martillean  el alma cuando una duda abre una brecha en el tiempo del discurso y de la experiencia.

Pero el tiempo en el que  sucede la filosofía no siempre marcha bien y acompasado con el tiempo de las horas.  Por ello,  no es infrecuente que suceda lo que a mí me pasó: que tuve que bajar mi mano porque el tiempo se acabó, y tuve que llevarme conmigo la pregunta, confieso que con la intención de abandonarla en alguna esquina antes de llegar a casa. Pero las preguntas filosóficas son tercas, y una vez que se avienen  con uno no es fácil dejarlas. Una  insinuación de abandono suele tener por respuesta un apego mayor. “Si quieres abandonarme, parecen decir, que sepas que te perseguiré por otras calles hasta encontrarme de nuevo contigo y entonces ya no estaré sencillamente acompañándote sino que podré robar tu tiempo y tus sueños”. Y así fue. Ni en la  cena, ni  en la buena conversación con otros compañeros,  ni cuando quise leer para invocar, como cada noche, al sueño la pregunta quiso abandonarme. Bueno, dice uno, al fin y al cabo tendré que llevármela a la cama a ver si en las fantasías de la noche se confunde con otras imágenes más bellas y se vuelve encanta por el  camino por donde  vino.  Pero las preguntas, cuando  emergen en nosotros, sin saber  muy bien de qué fondo,  y se quedan con nosotros, al notar que son amablemente rechazadas por ser tan pesadas,  se nos vuelven ariscas  dejándonos señales en el  cuerpo. Es como si aquella mano levantada y obligada a volver a su natural movimiento se vengara señalando  (a) nuestro cuerpo.  Y es que la intencionalidad cuando cuestiona algo vuelve inquieta  al alma que no encuentra reposo hasta que encuentra una abertura por donde pueda marcharse  dicho  pensamiento.  No es la mente lugar para los pensamientos  sino sólo el lugar donde son conquistados. El pensamiento lleva en sí la intencionalidad de ser para los otros, de mostrarse  a cara descubierta,  y  pugna por salir del lugar de su acogimiento para vivir en  la intemperie de la vida.  Aunque podamos discutir  de donde nacen los pensamientos, lo cierto es que sabemos que propiamente no nos pertenecen, que son, por decirlo así, de otros, de todos,  y, por ello, desde los griegos al menos, la tarea del filósofo es  devolverlos al espacio de la ciudad  de donde emergieron.

Acogí  aquella pregunta  que se me ofreció en aquella tarde de filosofía,  tras una conferencia, y, vanamente, quise regresarla al mundo de donde vino. Y viendo que podía asaetearme otros compromisos que tengo reservados para mis ratos de pensamiento sólo podía entonces abrirle un espacio y esperar que, compartiéndola,  se fuese. Y eso es lo que me propongo ahora: abrirla, despejarla, a algún lector de mi blog  y esperar que lo “acompañe”  ya a él y me deje a mí  más tranquilo. Y si se le vuelve   pesada le aconsejo que haga como yo: que la abra otra vez a este mundo lleno de horizontes de horizontes y que intente perderla, dejando que otro que busca un pensamiento se la lleve. Si peregrina de esta manera quizás podamos concluir que un blog es  otro camino que deja expedito el paso para hacer públicos, es decir, de todos, los pensamientos que estando en nosotros  ni vinieron de nosotros ni se quedarán en nosotros.  Y ahora que he hecho estrictamente un “pró-logo”, una preparación al discurso, a la palabra, al razonamiento por medio de la vida que tienen las preguntas filosóficas, veo que se me acaba el espacio -me he prometido que no voy a realizar entradas que superen la paciencia de un lector de nuestro tiempo-, así que dejo emplazados a mis lectores unos días para darles esa pregunta que saltó a mi mente  una tarde cuando en Barcelona escuchaba no con mucho interés  una conferencia de la ilustre -¿podría decir “ilustradísima”?- profesora Celia Amorós. Este ha sido mi prólogo pero pido a mis lectores  que hagan el suyo propio preparándose  mientras tanto -es decir, en el tiempo- a entrar en una de tantas preguntas que, de vez en cuando, nos deja  caer el Pensamiento ( Lógos).

Jueves, 25 de Noviembre de 2010