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Si alguien, aparte de las personas más conocidas a las que he instigado a que entren en la página del Club de la Constitución para que lean lo que he escrito, ha leído mis pocas entradas, tendrá motivos suficientes para reprocharme que me falta una pieza en este puzzle –o rompecabezas- que empieza a ser mi blog.  Comencé sin presentación ni explicación alguna con un artículo sobre una de las tantas manifestaciones pro-etarras que, al calor de la fiestas veraniegas, invadieron nuestras calles; luego, en la segunda entrada, expuse los avatares que me llevaron a ser un miembro  a distancia de este Club y el sentido que tenía para mí el tener aquí un espacio propio para mis reflexiones; y, por último, de nuevo como al principio, dejé caer una reflexión personal sobre la jornada de huelga del 29-S.

Es verdad que un blog, que representa, como ninguna otra cosa, el triunfo de la escritura  fragmentaria, no tiene por qué tener una unidad, y es verdad, y así lo veo yo también, que esta escritura ocasional no pretende sino ser retazos contenidos de  vida  puestos a disposición de otras vidas,  pero, también es verdad que este carácter postmoderno de la escritura no debiera  sustantivarse en la  pérdida de un sentido global, sentido que envuelve  la intención de quien escribe. Y para mí ese sentido se apunta en  el trasfondo de la historia de lo que uno hace y se estructura en el método o el modo de cómo uno lo afronta.  Si en la segunda entrada recogí lo primero, ahora en esta, trataré de exponer lo segundo.

Pasé algunos años de mi vida leyendo,  resumiendo y esquematizando libros de fenomenología, de Husserl y Heidegger principalmente. Una biblioteca poco frecuentada, cuaderno y bolígrafo, y textos complejos de fenomenología que había que ir poco a poco desgranando, llenaron tardes enteras de frío, silencio  y  trabajo.  Fueron algunos años donde perdí el contacto con otros compañeros de filosofia, donde tuve que abandonar con dolor la Asociación Andaluza de Filosofía y donde me quedé a las puertas de entar en la paralela y hermana Asociación Murciana de Filosofía. Ni asoaciaciones ni cursos de formación ni congresos ni contacto con universidad alguna sino sólamente aquella destartalada sala de estudio que imitaba a una biblioteca. Nunca sabemos exáctamente lo que nos lleva a emprender ciertas lecturas y abandonar otras. Pero cuando uno descubre una veta de sentido en la textura de una corriente de pensamiento uno ya no puede abandonarla del todo porque, olvidados los libros, los apuntes y los destellos de ideas que no se materializarán en  proyectos -cada idea necesita toda una vida para ser elaborada- las corrientes de sentido en las que uno ha vivido y ha comprendido se in-corporan a nuestra universo  intelectual  y, sin ellas, simplemente ya no sabríamos hablar con sentido.  Nuestra vida intelectual, esa que normalmente poco tiene  que ver con los intelectuales profesionales, y que  se reduce a buscar  las riendas más convenientes para llevar con brío pero sin desenfreno la  vida, es el resultado de atar bajo ideas el sentido de las cosas que uno va descubriendo para sí mismo.  Parafraseando a Kant, y teniendo como fondo a Ortega, podríamos decir que el sentido sin ideas está ciego, y que las ideas sin sentido están faltas de vida.  Vida, sentido e ideas fue la tríada de conceptos que me lanzó al desmenuzamiento de unos cuantos  textos de la tradición fenomenológica en aquellas tardes solitarias de mis primeros años de funcionario.

Pasado el tiempo me he dado cuenta del poder de transformación que aquellos textos, casi ilegibles al principio, provocaron en mi manera de ver el mundo.  Podemos afirmar que la fenomenología es la más fructífera de las corrientes de la filosofía contemporánea y para quien haya profundizado un poquito en ella advertirá que es como un magma desde han tomado relieve muchas otras corrientes filosóficas. Básicamente, el acierto de la fenomenología está en  que  no pretende ser una teoría sino una práctica filosófica que puede emprenderse en los más diversos ámbitos.  He olvidado muchas cosas de aquellas que estudié  pero, al menos, siguen pesando en mí tres aspectos que me gustaría  compartir con mis lectores, porque son para mí  mi propia cultura, es decir, aquel campo  a donde vuelvo cada vez que tengo que cultivar algunas reflexiones. El primer aspecto que quiero recordar es  el conocidísimo lema de la fenomenología  “ir a las cosas mismas”, el  segund0, que este ir a las cosas mismas se hace para encontrar el sentido en el que están constituidas, y  el tercero, que ese sentido está atravesado por ideas en las que puede penetrar la razón. De esta manera, la fenomenología es un  saber de lo concreto que lleva la intención  de penetrar  racionalmente en el sentido del  ser de lo concreto que se nos muestra a nuestro mirar. De esta manera,  la fenomenología  sigue, en mi opinión, la mejor estela de la filosofía clásica.

Pues bien, en mis entradas voy a intentar colaborar a este observatorio que es el Club de la Constitución  asumiendo ese modo de entender las cosas de la fenomenología. Así partiré de algo  muy concreto, de algo que lea en la prensa, de algo que escuche en la calle, de algo que particularmente me suceda, etc., e intentaré ver el sentido y la razón que lo constituye. Ahora bien, cualquier hecho,  desde la complejidad en la que está insertado,  puede ser entendido bajo  una  variedad grande de sentidos y razones. Desde el propósito que guía al Club de la Constitución esta variedad se reduce  a la exigencia de contemplar un hecho bajo los aspectos  de la filosofía práctica: el aspecto jurídico, el político y el moral. El reto está para mí  en entender la trama jurídica, política y moral  de los hechos, las palabras, y las acciones de nuestra vida más cotidiana, más ordinaria y común. Consideraré desde este punto de vista que es mejor reflexión aquella que partiendo de la cosa más concreta pueda, a su vez, penetrar con más universalidad  en la trama de sentido que la constituye, trama de sentido, que  puede ser apresada  por la razón bajo los aspectos de las ideas.  Por tanto, reformulando lo anterior, puede decir que el reto para mí está en entender la trama eidética jurídico/ política y moral de lo que va conformando nuestra vida social.  Por ello, quizás, no con mucho acierto,  comencé in media res probándome a mí mismo de que se podía empezar a desentrañar esa trama a partir del hecho  y de las palabras de  una manifestación pro-etarra, y, así mismo procedí, cuando a mí acudieron esas imágenes tan particulares de aquella otra manifestación sindical que queriendo hacer historia en pocos días cayó en el más profundo silencio.  Queden desveladas, de esta manera, para mis lectores las claves que me animaron a participar en este proyecto  y la manera, el camino y el método en que quiero abordarlo, y quede para  mí,  ahora, el inmenso reto.