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Como tantas otras tardes, también  disfruto en ésta de un té y de un rato de lectura y  escritura. Pero hoy ha sido sólo un poco más difícil. Algunos  bares estaban cerrados y, al final, he  acabado en una pequeña cafetería del centro llamada “The family”. Contrariamente a lo que pudiera pensarse no es éste un sitio familiar: no hay abuelos, ni niños alrededor de las mesas, ni parejas, ni grupos de mujeres o de hombres. A decir verdad, no hay casi nadie. Se trata más bien de unos de esos sitios “alternativos”. De la poca gente que hay no hay nadie que no lleve una camiseta o pantalón que no sea negro y, como es de esperar, este color negro se complementa con el  brillante color de algún que otro metal. Y la música, esa que parece hecha para que pueda ser imposible reconocerla y recordarla,  zumba  por todos lados sin dejar un momento de tregua al silencio. Pero estoy a gusto. Cansado de vagabundear  he recalado aquí sin poder apreciar en la calle  la más mínima  manifestación de un día de huelga que  temprano empezó a declinar.

Pero, quizás, como esperaba percibir por dónde respiraba  “la sociedad”  en un día tan  informativamente señalado, no es casual que me encuentre aquí. La primera vez que me asomé a este lugar encontré a un buen alumno que, insistiéndome, me invitó a una cerveza.  Prologamos, en este sitio y en aquel entonces, una conversación de clase en torno al anarquismo. El lector ha de saber que este alumno  había desgastado parte de su vida y su esfuerzo en una militancia en la CNT que ahora no quería abandonar, pero, pasado el friso de los cuarenta, quería buscar un lugar propio para su vida profesional. Y, quizás, porque las vidas de otros son formas de vida que nos atraen y que nunca viviremos, no termino de abandonar lugares como éste.  Y hoy, esperando respirar ese ambiente de un día de huelga que la calle había sepultado, mis paseos sin rumbo me trajeron aquí.  Por cierto, entre la poca gente que hay vuelvo a encontrarme  a un alumno  de no hace mucho tiempo entre un grupo de gente, y tras decirle un hola un poco seco me  he sentado en la barra,  he abierto mi cuaderno de notas y he pedido un té.

Observo al momento que, bajo la presencia de la camarera, el grupo empieza a realizar su particular análisis de este día huelga:

“-Sí, sí como los sindicalistas tienen sus mercedes, por eso van a la huelga”, dice uno de ellos.

Otro, a su vez,  sin cuentas de rebatirlo dice:

“- Como no tienen que trabajar porque viven de los trabajadores, pueden estar ahí sin dar ni chapa”.

Y un tercero apunta:

“- Si yo tuviera un negocio a mí esos hijos de puta no me rompen un cristal”.

Y,  por último, una chica, más mesuradamente, aporta:

“-Lo que hace falta es que ellos o el Gobierno ayuden a crear trabajo”.

A la camarera, que los escucha, terminan preguntándole si ha tenido algún problema para abrir el local y también otro le pregunta el por qué lo ha abierto. A la primera pregunta responde con un escueto “no”, y, a la segunda con un “es que si no abro me aburro en casa”.  Y entonces, uno de los chicos de este grupo, de esos  vestidos de negro que en otro tiempo hubieran encabezado cualquier manifestación en contra del sistema de explotación de los trabajadores en el sistema capitalista, le responde:

“-Pues haz como nosotros,  que no nos aburrimos sin trabajo”, y añade entre risas que parten el alma:

“- Llevo más de tres años buscando un curro y no he encontrado nada y entre los ratos de la televisión de la mañana y los de  la tarde que pasamos aquí con una cerveza porque el dinero que me dan no me da para más, consigo no aburrirme”.

Y yo que estoy tomando notas estoy a punto de escribir: “consigo no desesperarme y…”, bueno, prefiero no terminar porque no acabo de entender cómo la gente más joven ha asumido sin protesta -social- el mayor mal de su tiempo: el paro. Pero, pronto, desvían su conversación hacía otros temas y yo me quedo con mis pensamientos, mi cuaderno y mi té que empieza a enfriarse. Y me vienen a la memoria dos imágenes más de este día de huelga general o, mejor sería decir, de representación de huelga, en otros dos escenarios: el primero, en mi propio trabajo y el otro,  muy cerca, en un centro comercial. Las recreo mínimamente.

A finales del curso pasado se hicieron unas reformas en el Centro y a finales de Julio preparé el cheque y llamé para que vinieran a recogerlo. Y desde entonces dormía en la carpeta de las facturas pendientes de pago esperando que una mano -visible- lo despertara. Sobre las 11 de la mañana el empresario que nos hizo el trabajo ha pasado a recogerlo. Ha aprovechado  la jornada de huelga para poner al día sus cobros.  Observo la factura antes de entregarle el talón para que compruebe que es correcto y me fijo en los dos puntos que ha subido el IVA y pienso que  el 18% del total de la factura será para el Estado -o, quizás como dice la gente, para el Gobierno- y pienso que quizás haya tenido ya que adelantar la cantidad del IVA antes de haber cobrado la factura y mientras comprueba una cosa y otra y me firma el recibí le pregunto por la huelga y me dice:

“-¿Para qué íbamos a hacer huelga? No quiero problemas y no quiero arriesgarme a pagar destrozos”.

Y me comenta que los piquetes -no puedo adjetivar de “informativos” a quienes olvidan el día de la huelga que vivimos en la sociedad de la información- en otras ocasiones rompieron cristales y rajaron ruedas en el Polígono. Así que  pensé, comenta, que lo mejor era  darles el día libre a mis  trabajadores. Y antes de irse concluye:

“-Yo la verdad es que no sé muy bien a qué viene esto de la huelga, si la hubieran hecho antes a lo mejor”.

Veo su apariencia, y si no fuera por mi compañero que lo ha saludado afectuosamente y porque el nombre de su empresa es su nombre -o viceversa-  no hubiera podido distinguir si se trata de un empresario o de un trabajador, de un empleador o de un empleado. Pero da igual porque sabemos que en las pymes, que son las que generan  incomparablemente el mayor número de empleos, los papeles de empresario y trabajador son intercambiables. Él, como tantos otros, no entiende muy bien el papel de los sindicatos en este tipo de empresas y menos ese juego al gato  y al  ratón que los sindicatos tienen con el Gobierno. Ahogados por los impuestos y por la caída del consumo, que para ellos es la caída del trabajo, ven como los sindicatos, subvencionados por el Gobierno,  están fuera del peligro que a ellos les amenaza, y sienten lejano un sindicalismo que no ha querido comprender que  la mayoría de los empresarios en nuestro país son también trabajadores por cuenta propia.  Y si han visto  los vídeos de la UGT seguramente ese distanciamiento se convierta  en una repugnancia que impida tragarse cualquier idea nacida del seno de cualquier sindicato.

La última imagen, la más querida por mí en este día, me llegó muy poco después. Como la mañana de trabajo fue tranquila decidimos salir a tomar  café -un funcionario, por mucho trabajo que tenga, no debe romper el código de buenas costumbres que tanta fama le ha otorgado-.  Mientras cierro la puerta veo  que están saliendo ordenadamente los trabajadores del centro comercial que hay al lado. Salen  mezclados con los piquetes. Suben un estrecho y largo puente. Parece, en lo silencioso y por lo colorido de los chalecos de los piquetes, una procesión sin santo, pero, seguramente, con pedestal. Van serpenteando a lo largo del puente y hablando sin levantar la voz entre ellos. (¿Podría ser que ese cuchicheo que me llega fuera el eco de las razones y de la pasión retórica para convencer a los trabajadores de la necesidad de un día de huelga general?) Entramos a la cantina que también está tranquila: seguramente los alumnos tras recibir una conveniente información sobre los cambios que introduce la ley de reforma laboral del Gobierno,  los arduos problemas del proyecto de una economía sostenible y las causas que han originado la crisis económica, entre otras cosas, han tomado un derecho que no les corresponde y han decidido  hacer ellos la huelga.

En el café me entero de cómo han llevado a cabo los piquetes su “acción directa” sindical: han llegado al supermercado, han cargados los carros de congelados y, como niños traviesos desafiando la mirada de sus padres, se han puesto a dar vueltas. Ignoro si, como piquetes, se han picado unos con otros,  ignoro si han acompañado su acción con algún canto reivindicativo, e ignoro si han aumentado  la velocidad de sus carros para que la descongelación de los guisantes, los calamares y los platos pre-cocinados se acelerase. ¡Tanto siglo XIX y XX de protestas sociales y de conquistas de derechos laborales para acabar dando vueltas en un súper con  los carros llenos de comida congelada! Comida, por otra parte, que la mayoría de nosotros podemos comprar porque los alimentos congelados atemperan la inflación al tiempo que son un signo visible del grado de desarrollo de un país. (Suele comentarme mi hermana que ha trabajado en cooperación al desarrollo en varios países que una muestra del grado de desarrollo  de un país se ve en la cantidad de alimentos preparados que hay en el mercado. Piénsese y se verá cómo una simple bolsa de calamares  supone el funcionamiento complejo de toda una moderna y desarrollada economía de mercado).

Terminé mi café y volví a mi trabajo.  Y ahora estoy a punto de terminar de dar  el último sorbo a los restos dulces de un té que se ha quedado frío. Ha caído la tarde y mañana, como todavía una mayoría, tendré que ir a trabajar. Pero considero, en su conjunto, lo sucedido en un día como hoy: ciertamente, por lo que he visto, la huelga no ha tenido éxito.  Y no podía tenerlo porque desde que se anunció ya había síntomas de que se hacía a destiempo, y no solamente por lo inaudito de una protesta social que, sin urgencia, se podía  posponer a conveniencia de los sindicatos, sino sobre todo porque ese destiempo revela un anacronismo que está, valga la expresión, fuera de lugar. Ni los piquetes imponiendo una solidaridad entre trabajadores a base de miedo, ni los sindicatos cerrados sobre sí mismos como estamentos del Antiguo Régimen defendiendo derechos de quien en tiempos de crisis y en nuestras sociedades desarrolladas ya tiene atesorado el más importante derecho: el derecho al trabajo,  ni esa imagen odiosa  de los empresarios que han querido dar para ganarse el favor de trabajadores que, imagino, considerarán todavía  reducto de un mal marxismo basado en el odio de la clase trabajadora, ni la hipocresía de decir no a una tímida ley de reforma laboral que sabemos que es necesaria, para, seguidamente, pasar de nuevo la cestilla a un Gobierno cuya mano generosamente se abrirá, ni esa labor subsidiaria de asumir competencias de formación  para ayudar a  entrar en un tejido empresarial al que han descalificado, todo esto digo, son muestras de  un anacronismo que, además, está fuera de lugar.  Posiblemente, como se dijo al día siguiente, ésta que ha sido “la séptima huelga de la democracia, acaso sea la última huelga con parámetros del siglo XIX” (Pendas B. “Triste empate a nada”, ABC, Jueves 30 de Septiembre de 2010).  Si el sindicalismo que se ha visto en esta huelga no cambia y no sale de sí mismo para encauzar las nuevas necesidades sociales mucho me temo que trabajadores y parados, como los que he descrito, algún día se unirán para manifestar que unos sindicatos que salen para protestar con carros llenos de comida congelada no se representan más que a sí mismos y a aquellos que todavía viven, o  bien amparados por sus privilegios, o  bien por ciertas nostalgias de un pasado ideológico que una larga crisis terminará derrumbando.

Domingo 5 de Octubre de 2010.