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Fue una de aquellas oscuras tardes del invierno pasado. El cielo encapotado amenazaba lluvia para toda la noche. Sonó el móvil. José Joaquín dejó caer una de sus llamadas. Esta vez me invitaba a participar en el recién creado Club de la Constitución. Debo reconocer que celebré la noticia, y sentí un momentáneo regocijo. Por muy individualista que sea uno, por muchas estrategias que haya aprendido para esquivar la pertenencia a grupos y comunidades, la verdad es que a todos nos gusta la idea de pertenecer a un club. La palabra “club” tiene las viejas resonancias de algo, que sin dejar de ser popular, es distinguido y aristocrático, de algo, que sin perder de fondo la unidad bajo un interés común, como una asociación, tiene sin embargo, abiertas sus puertas a una pluralidad de puntos de vista. Y tiene la resonancia de reuniones en tiempo de ocio donde se disfruta de uno de los placeres más mesurados que nos ofrece la vida: el del diálogo en torno a esos temas públicos que son del interés de todos. Como el fútbol no ha logrado interesarme mucho, pienso que tampoco he tenido la necesidad de ser miembro de ningún club deportivo o de algún otro por el estilo. Para mí, que los domingos de mi vida, como decía Ortega, están más llenos de lecturas y solitarios cafés que de partidos de fútbol, la palabra “club” trae a mi imaginación otro tipo de lugares y reuniones. El viejo casino de Vetusta, como lo describe Clarín, podría ser uno de esos lugares: allí se extienden, sobre las mesas, los diarios y sobre ellos, prenden del silencio y de la lectura disputas que luego se apagan; allí, se exponen ideas, se cruzan opiniones que, a veces, se enredan, pero luego, finalmente, se calman. Y, así, en aquellos días donde se avecinaban nuevos tiempos para España, en aquella pétrea ciudad, llegaban las nuevas ideas, y, a falta de un lugar más común, más público, más abierto, y de otros medios, los nuevos tiempos iban desgranándose al hilo de noticias muy concretas. Pero también uno se imagina esos clubes que proliferaron en torno a la Ilustración y la Revolución francesa y esos salones donde intelectuales, señoras arregladas con dinero y posición, y políticos ávidos de ideas, sensualidades y lujos, se reunían. A estas vanas imágenes se entregó mi imaginación cuando se me proponía pertenecer a un Club, en parte atraído por esos exquisitos lugares, en parte, por aquellos momentos históricos que dieron inicio, tanto para España como para Europa, a nuestro mundo contemporáneo.

Pero, amablemente, tuve que renunciar, primero, a la pertenencia del Club, y segundo y más importante para mí, a esas estimulantes imágenes. Por estar fuera de Granada, trabajar cuando los miembros del Club se reúnen, y porque, debo mi vida a rituales burocráticos que ayudan, pese a todo, a renovar los sueños y la vida de mucha gente, tuve que decir que, simplemente, no podía. Y sentí cierto alivio: en mi naturaleza llena de contradicciones está que, aunque me gustara pertenecer a un Club, al mismo tiempo, ni los ambientes intelectuales ni esos casinos con carácter aristocrático ni la torcida realidad política están, pese a todo, entre mis preferencias. Para decirlo gráficamente, soy, por decirlo así, más de cafeterías y cafés que de clubes y casinos.

Pero, la mente, que no descansa, tuvo que frenar el alegre pulular de las imágenes a través del tiempo. Era justo reconocer, más allá de los arcaicos sabores de las palabras, que el acento de la llamada no recaía tanto en el primer término cuanto en el segundo: “Constitución”. Y, era justo reconocer que, bajo este término, hoy reina una confusión que bien merece la pena la creación de algo así como un “Club de la Constitución”, de una pequeña institución que abra un lugar de reflexión dentro de la vorágine en la que se ha convertido hoy el espacio público. Y, como aquel casino vetustense o aquellos salones que abrieron sus puertas a los nuevos tiempos, era necesario y loable que, en medio de nuestra ciudad, la sociedad civil ahuecara espacios para reunirse y entregarse al análisis y estudio de nuestro momento político. Tenemos la certeza de que, bajo la apariencia de que todo sigue igual, nuestro sistema político, como marco de referencia de nuestra convivencia democrática, ha sufrido un profundo cambio y tenemos la certeza de que su funcionamiento está seriamente dañado y desajustado. Sabemos que las piezas si no están bien ajustadas, engrasadas y, sobre todo, en el lugar que les corresponde pueden acabar destruyendo el propio sistema que ponen en funcionamiento. El peso que llevamos a nuestras espaldas de nuestra reciente historia debería hacernos más sensibles a la necesidad de vigilar el ajuste y funcionamiento de los diferentes elementos de nuestro sistema político y jurídico. Ahora, no es necesario aguzar el oído demasiado para oír, en nuestra atmósfera política, el ruido de piezas mal avenidas en nuestro sistema y comprender el peligro que esto supone para la vida de su funcionamiento.

Pero, vanamente, creía que compensaba la encomiable tarea de este Club y el alivio de no poder asistir a sus reuniones con la simple aportación económica. A nadie le gusta pagar, y a mí tampoco, pero no me pesaba la aportación económica porque estaba convencido de que si se defiende la Constitución, que es como las instrucciones mínimas pero fundamentales con las que está en funcionamiento ese sistema, se defiende en sus raíces también los intereses más particulares. No me gustaría vivir en un Estado que no garantizara el ejercicio de mis derechos y la defensa de mis intereses. Y la Constitución está, sin duda alguna, en el origen de esta garantía y de esta defensa. Mi cuota era como una moneda que se echaba al Club para que funcionara un sistema de vigilancia que, guiado por expertos, observaba, a su vez, el funcionamiento de nuestro sistema político/jurídico. Era una manera mínima y tranquila de participar y así evitaba el enorme esfuerzo que supondría para mí entrar en el entendimiento del sistema. Estoy convencido que, al igual que a la ciencia contemporánea no le basta el ojo humano para observar sino que requiere de una gran tecnología, la observación de de este sistema, por seguir con la teoría de Luhmann, requiere de una especialización que sólo un técnico de este tipo de maquinaria puede acometer. En resumidas cuentas, la aportación económica me parecía que es lo único que buenamente podía dar.

No podía, en ningún caso, sospechar que aquella llamada, pasado algún tiempo, terminara con la propuesta de tener una voz “virtualmente propia” en este Club. Siento extrañeza y una exigencia que me sobrepasa. Pero pasada la juventud uno tiene que tomar parte en aquello que es exigente para que la vida que ya se desliza por un páramo demasiado llano, tome el relieve que queremos dejar en herencia. Agradezco esta exigencia y ahora voy a exponer los motivos por los que finalmente he aceptado esta tarea: en primer lugar, me gusta escribir, aunque sólo por obligación me pongo a ello. Un blog da la oportunidad de una obligación. En segundo lugar, exige mantener tu mirada más atenta sobre aquello que es de interés para el Club. Es la manera de sentirte vivo en su pertenencia de la misma manera que un miembro de un Club de fútbol, pongamos el Atlético de Madrid, sigue jornada a jornada los avatares de su Club. En tercer lugar, un blog es una ventana abierta a este mundo virtual que tanto me atrae, un mundo que no conoce más fronteras que las del propio idioma y que exige un nuevo tipo de conocimiento para moverse por él. Desde esta ventana tú puedes contar lo que ves, aunque no sea una observación experta, y para los demás, esta ventana es como una pequeña entrada donde pueden pasar y ojear lo que tú tienes dentro. En este sentido, me gustaría que las hojas de mi ventana pudieran abrirse en un sentido y otro, y confío a algún lector, que me ayude a moverlas para, juntos, poder ver más allá. Por último, señalar un motivo más que forma parte de mis creencias: tengo la convicción de que al igual que uno no puede pedir cosas que están más allá de lo que uno está dispuesto a dar, tampoco debe rechazar aquellas tareas que los demás creen que puedes realizar. Es como una ley que va equilibrando nuestra vida entre exigencias y confianzas propias y compartidas. No podía, por todo esto, negarme a participar más activamente con un blog en el prometedor “Club de la Constitución”.

Ahora que he contado una breve historia en torno a este blog y mi presencia aquí, es el momento de explicar de qué modo quisiera enfocar la elaboración de esta tarea. Pero para esto hará falta una próxima entrada que explique lo que me propongo hacer partiendo de esa primera entrada que escribí a mediados de Agosto al hilo de una Semana Grande.