“Por los derechos de Euskal Herría”, ha sido el lema. Entre los vítores: “el único camino es la lucha”, “Estado terrorista”, “PNV español”, “vosotros fascistas, sois los terroristas”, “presos a la calle, amnistía general”. Los símbolos: ikurriñas y algunas banderas navarras. Entre los asistentes: históricos de Batasuna, líderes separatistas y representantes de la izquierda abertzale. Las “ideas fundamentales”, esas que fueron esgrimidas en la lectura del manifiesto, que Euskal Herría ha sido y es un pueblo “negado de un presente y un futuro”, un pueblo al que le han negado sus derechos, al que le han impuesto  “patrias y documentos de identidad”.  Se reclama: libertad para el país y una soberanía para que pueda dirigirse de tú a tú a otros Estados.

Sábado 14 de Agosto de 2010. Comienza la Semana Grande de San Sebastián. El pueblo -la mayoría del pueblo- comienza la Semana con el tradicional chupinazo. Pero, para la izquierda abertzale no vale unirse a ese pueblo y tiene que hacer su particular comienzo de las fiestas. Politizada hasta el tuétano -es decir, tanto en su vida como en su cuerpo- la Semana Grande quedaría empequeñecida si no arrancara con los vítores, símbolos y proclamas de su particular credo político. Separándose del pueblo, seguramente, se ha sentido unida, identificada como un resto herido, y  ha elevado su quejido al margen de la alegría del otro pueblo.  No son muchos, pero sí los suficientes para hacer notar su peso político y mediático y mantener al mismo tiempo ese sentimiento de marginación y de minoría.

Es la celebración de la Semana Grande, pero observando la marcha e imaginándose un  pueblo dividido, uno piensa que, políticamente, lo verdaderamente Grande de esta Semana es la Democracia y el Estado de derecho. Siguieron, quienes la solicitaron, los procedimientos oportunos y el Departamento de Interior del Gobierno Vasco  dio vía libre a  la manifestación  “después de examinar las circunstancias concurrentes y estimar  que la manifestación  anunciada se encuentra dentro de los límites constitucionales”. Pero había antecedentes de que otros años esa pacífica marcha se había convertido en una manifestación proetarra, y había antecedentes de que, en los dos años donde se prohibió -el 2005 y 2009-, la marcha pacífica se tornó en violeta “manifestación” -el coreo de los vítores se cambió por el arrojamiento de botellas y sillas contra la policía-. La asociación Dignidad y Justicia  y la propia Fiscalía pidieron su prohibición pero, finalmente,  un juez de la Audiencia Nacional la autorizó, eso sí, exigiendo a Interior que velara “por el cumplimiento de los requisitos constitucionales en el ejercicio del derecho de manifestación”.La democracia ha hecho posible que este resto del pueblo haga oír su voz, sus voces, y, el Estado ha hecho posible que la manifestación de esa voz sea un derecho. La democracia y el Estado  han estado grandes con quienes han utilizado sus palabras contra quienes les da la palabra, han estado grandes con quienes han hecho uso de su derecho constitucional para atentar contra quien les da el derecho. El Estado de derecho es grande incluso con aquellos que, en el ejercicio de sus derechos, lo niegan.

La asociación Dignidad y Justicia y la Fiscalía solicitaron su prohibición argumentando lo que todo el mundo sabía y que la realidad acabó mostrando: que la manifestación, esa que aparentemente discurriría dentro de los límites constitucionales por la intervención de la policía,  era, en realidad, una convocatoria encubierta de los proetarras. Uno se pregunta si esa grandeza de la Democracia y del Estado de derecho no muestran también una debilidad para tomar decisiones para que las consignas, los gritos y la debilidad argumentativa de un manifiesto que sólo se asienta en unos cuantos tópicos de la retórica nacionalista  más rancia pueda ser transformada en argumentos defendidos en las instituciones que la propia democracia  tiene para ello. Pero, entonces, quizás,  habría que comenzar impidiendo que otros espacios públicos fueran preservados para dar lugar a la exaltación de los sentimientos nacionalistas  más des-aforados. ¿Por qué en esta ocasión no se ha hecho?

Al simple lector de la noticia le asalta la siguiente duda: el Juez devolvió la pelota al tejado de Interior una vez que éste declaró la constitucionalidad de la manifestación, y la devolvió con el argumento de que si Interior “hubiera apreciado la  existencia de indicios delictivos, `no sólo no hubiera permitido la celebración´ de la marcha, sino que `como es su obligación´ habría puesto dicha circunstancia en conocimiento de la autoridad judicial, competente para perseguir y castigar delitos pero no para su prevención” (ABC, 14 de Agosto de 2010).  Dado que no lo ha hecho, parece concluir la argumentación, entonces se colige que no hay motivos para su prohibición. Pero, no es lógicamente válido concluir de una obligación su necesario cumplimiento. Por ello precisamente son obligaciones: porque pueden o no cumplirse. En cualquier caso, sea por no enfrentar a dos instituciones del Estado, sea por evitar los altercados violentos de los años en que se prohibió, sea porque haya que dar pábulo a las manifestaciones más extremas de un pluralismo mal entendido, lo cierto es que, amparándose en una falacia, el Juez permitió lo que el Departamento de Interior reconoció como un derecho constitucional sin plantearse, como luego denunció Dignidad y Justicia, si interfería con otros derechos  constitucionales, y si, la autorización dentro de los límites constitucionales de la manifestación no rebasaba en su ejercicio otros límites también constitucionales.

Ciertamente no se puede penalizar a alguien a priori, como expone el auto del Juez -puede leerse íntegramente el auto en El País.com del 13/10/2010-  pero esto es, a su vez, algo distinto de mantener firmes los límites de qué se debe y no se debe autorizar. No debería autorizarse aquello que mueve y rompe los límites para el ejercicio de los derechos de todos.  Las garantías procedimentales de unos no pueden ir, en una democracia fuerte, en menoscabo del ejercicio de los derechos de todos. Uno tiene la sensación de que los límites, por la falta de valentía de unos o por el exquisito mimo con el que otros cuidan de los “derechos de todos” pueden ser, según las circunstancias, fácilmente movibles, dando, así, más o menos espacio a los derechos de unos terceros que piensan, se manifiestan y actúan en contra de unos y otros.

En un trabajo titulado “El liberalismo y el arte de la separación” ha escrito Michel Walzer que el “liberalismo es un mundo de muros y cada uno de ellos crea una nueva libertad”. Este es, dice, el arte de la separación,  que, como puede apreciarse, es el arte de mantener los límites para el ejercicio de las libertades.  De unos muros que se mueven, no puede sino esperarse que, finalmente,  acaben derruidos. De unos límites que se trastocan no puede sino esperarse que, finalmente, pierdan su propia condición de límite. Entonces, ya no sólo no se crearan nuevas libertades sino que las antiguas se diluirán. La falta de claridad en la toma de decisiones políticas y jurídicas pueden suponer, a la larga, una pérdida de nuestras libertades más básicas. Por ello, pensados en este contexto, los gritos de aquellos nacionalistas abertzales, que manifestaban sus sentimientos soberanistas, son voces  que agrietan los muros que hacen posibles nuestras libertades, negando el presente y futuro de nuestro sistema político y jurídico, imponiendo una patria y una  identidad que no es libremente acogida, y pidiendo una soberanía que no les corresponde.

Entonces, alguien podría pensar, que somos iguales. Que voces son unas y voces son otras. Pero no es cierto, porque seguramente, en la “constitución” de ese futuro Estado soberanista no se trataría de forma tan exquisita a aquellos que disintieran de su nacionalismo exacerbado. La manifestación de ese sábado fue ante todo una manifestación, una vez más, por un lado, de la grandeza de la democracia y del Estado de derecho,  y, por otro, de la fragilidad de nuestro sistema si no se actúa por parte de las instituciones democráticas de forma clara y responsable. Mientras esto sucedía en un lado de la ciudad, en otro se reunía el pueblo, harto, quizás, de tanta politización nacionalista, esperando el inicio de la Semana Grande.